Presentación.

He publicado varios relatos eróticos en algunas páginas en la red bajo varios pseudónimos, ahora quiero recopilarlos en este “mi sitio”, donde continuaré publicando mis nuevos cuentos y experiencias frecuentemente.

Espero los disfruten, y que me dejen sus comentarios y valoraciones.

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Cuarenta años de soledad (Capítulo 3, final)

htb1zapfkfxxxxazaxxxq6xxfxxxaEl hombretón me miraba con una sonrisa en la boca: “Vaya… si la chinita virgencita resultó tener el fuego por dentro” Sacó su verga de mi vagina, se acostó boca arriba e hizo que me montara sobre él; abrí las piernas y me dejé caer, permitiendo que su enorme verga se deslizara dentro de mi vagina “Mmmmh que lico” dije. El ruso cogió mis caderas con sus enormes manos y comenzó a moverme de arriba para abajo, levantándome y luego bajándome para clavarme su verga. Mi vagina seguía adolorida, pero estaba feliz siendo la mujercita de aquel semental.

De pronto me di cuenta que todos los movimientos de mi cuerpo volvían a ser míos, no lo había notado pero el hechizo de la vieja ya no controlaba mi cuerpo, era yo, solo yo la que estaba rebotando de gusto encima de mi hombre y dándome sentones sobre Seguir leyendo

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Cuarenta años de soledad (Capitulo 2)

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Entonces fue que me alarmé, comencé a tratar de soltarme, pero la manaza del enorme Kutúzov me sujetaba fuertemente y ese cuerpecillo no tenía la fuerza necesaria para soltarse.

—Tenemos que lleval’ muchacha, mañana t’laemos —insistió la vieja hechicera.

—Está bien, está bien, pero tendrán que esperar a que me la coja y luego se la llevan o no hay trato.

Los chinos se miraron unos a otros, murmuraron algo entre ellos, y luego la hechicera accedió.

—Mitad de dinelo’ y usted coge muchacha, luego nos la llevamos y mañana tlaemos’ de regreso y paga ‘lesto del dinero.

—¡¿Qué?! ¡están locos! ¡ese no era el trato! —Les grité en chino pero luego la anciana me miró fijamente y mi cuerpo se paralizó, traté de seguir gritando y jaloneando para soltarme del ruso, pero mi cuerpo no respondía. Solo me quedé ahí parado sin poder controlar mi cuerpo.

Kutúzov se notaba confuso, pero luego me miró de arriba abajo.

—Está bien, pero si tratan de engañarme… —y les apuntó a la frente de los tres chinos con el índice asemejando una pistola— ahora ven conmigo chinita que te voy a enseñar a amar a un cosaco.

Intenté gritarle «¡No! Suéltame maldito, no iré a ninguna parte contigo» pero no controlaba mi voz, así que de mi boca solo salió una frase en tono sumiso: “Si señol Kutúzov”

Traté de soltarme, pero lo que pensaba mi mente estaba muy lejos de lo que hacía mi cuerpo, mi mente ordenaba a mi cuerpo que se resistiera, que luchara y se zafara del agarre, pero lo que hizo mi cuerpo fue seguir obedientemente al ruso.

La maldita bruja me había lanzado otro hechizo y ahora además de haberme transformado en una jovencita, también gobernaba mi cuerpo y mi voz.

Me llevó de la mano y entramos en una habitación decorada igual de lujosa que el resto del penthouse, con una enrome cama en medio del ambiente, espejos por todos lados, mesas con todo tipo de drogas.

—Sirvete lo que gustes.

No me podía mover, así que solo me quedé ahí parado mientras él servía dos copas de champaña.

—¿No quieres nada? Bueno, ¿Al menos me acompañarás con una copa de champaña?

«¡No idiota no tomaré nada, no soy mujer, soy hombre y no permitiré que me toques!» pero de mi boca solo salieron palabras sumisas y en tono agudo y femenino.

—Si señol Kutúzov.

Quería coger una botella y rompérsela en la cabeza; o romper la copa, rajarle la cara con el vidrio roto y huir de ahí, pero no podía moverme, era como estar viendo en una película sin poder hacer nada, y encima, no me podía mover, pero podía sentir todo, el sabor de la champaña en mi boca, las manos del ruso palpando mis nalgas y apretujándolas; cada sensación de mi cuerpo podía percibirla, pero no gobernar mis movimientos.

Kutúzov apuró la copa de un trago y luego me cogió de la cintura, me dio la vuelta y abrazó por la espalda “Eres mucho más bonita de lo que yo esperaba” Sentí su aliento detrás de la oreja, quise gritarle que me soltara, zafarme de su abrazo y romperle la cara, pero de mi boca solo salió un gemido: “Hay… señol Kutúzov”.

Sentí sus manos en mi abdomen, recorriendo mis caderas, metiendo la mano por debajo de mi falda y palpando mis piernas, apretujando mis pechos por encima del vestido “Creo que me vas a hacer muy feliz” y la dureza de su miembro creciendo y restregándose en mi trasero, sus labios tibios recorriendo mi cuello y detrás de mis orejas.

Comencé a sentirme raro, como un vacío en el estómago, una vibración en mis piernas y un relajante calor en medio de mis caderas. Una de sus manos se metió entre mis Seguir leyendo

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Cuarenta años de soledad (Capítulo 1)

Había sido una semana terrible en la oficina, los problemas parecían haberse multiplicado. Para colmo el viernes, quince minutos antes de la hora de salida, mi jefe me pidió un reporte, para así obligarme a trabajar hasta tarde y hacer horas extras; mismas que nunca me pagaban. Cuando salí de la oficina ya era de noche y además lloviznaba, el dist260px-office-1200-baumgartner1rito financiero de la ciudad estaba desierto, de seguro todos los demás oficinistas como yo ya estaban en algún bar con sus amigos, o ligando alguna chica, o en casa con sus familias; mientras que yo no tenía amigos ni familia ni mi aspecto (cuarentón, obeso y calvo) era el de un hombre que se pudiera dar el lujo de andar por los bares conociendo chicas.

Viernes por la noche y lloviendo, las probabilidades de encontrar un taxi en esta ciudad eran lo más cercano al cero absoluto. Resignado levanté el cuello de mi saco y me dispuse a caminar las seis manzanas de distancia hasta la estación del subterráneo.

Iba ensimismado mirando al suelo, hundiendo la cara entre las solapas de mi saco evitando la lluvia, cuando al doblar una esquina choqué de frente con una chica que corría descuidadamente. Yo soy un hombre robusto, por lo que la menuda chica rebotó contra mí pecho y cayó al suelo. Era una muchacha muy joven, unos dieciocho años, asiática, delgada, iba vestida con un vestido cheongsam(1) muy corto. La tomé de un brazo y la levanté, apenas pesaba. De un jalón soltó su brazo de mi agarre y se lanzó corriendo por la banqueta en dirección contraria a la que yo llevaba. La seguí con la mirada un poco desconcertado por el incidente, pues aun con mi aspecto, no creo estar tan horrible como para asustar a alguien tanto que huya despavorida. Seguí mi camino un poco desanimado.

La llovizna se convirtió en una lluvia pertinaz si no me guarecía en alguna parte terminaría hecho una sopa. Pero las calles estaban desiertas, todos los establecimientos cerrados y a oscuras, a lo lejos se apreciaba una luz saliendo de un escaparate, parecía un restaurante, así que me dirigí hacia allá rápidamente.  Era un restaurante chino. Al entrar un hombre pequeño se acercó a mi haciendo aspavientos “No selvicio, Celado, no selvicio” le contesté que solo me quedaría unos minutos mientras amainaba la lluvia, pero siguió haciéndome señas para que saliera.

Detrás de él, estaba otro hombre y una anciana con un atuendo muy típico de China, ambos llamaron al hombre que trataba de echarme. Comenzaron a discutir en chino, la vieja me señalaba y ambos tipos me dirigían miradas furtivas. Luego el hombre se acercó a mí con una actitud totalmente distinta; sonriéndome me invitó a sentarme y me hizo señas como si tuviera en la mano un tazón y con la otra como si tomara sopa con una cuchara, al mismo tiempo que decía “¿ChowMein?, caliente, sablosa’ ¿ChowMein?” acepté gustoso, una sopa caliente me iría de maravilla en esos momentos que estaba con la ropa fría y mojada.

Cuando llevaba más de medio tazón mi vista comenzó a nublarse, mis brazos se hicieron pesados, dejé caer la cuchara, los sonidos se escuchaban huecos y todo se oscureció.

Desperté en el suelo de la trastienda, una cuerda rodeaba mi cuerpo desde las piernas hasta los brazos impidiendo moverme; en el suelo había pintados símbolos chinos alrededor mío, además de velas encendidas y otros artefactos de apariencia extraña, como objetos de magia negra; huesos adornados con plumas, extrañas esculturas de piedra labrada con formas de quimeras e ídolos asiáticos; escapularios y amuletos.

Me alarmé, “Sacrificios humanos” pensé. Comencé a retorcerme tratando de liberarme de las ataduras. Quise gritar, pero una cinta adhesiva me cubría la boca. La anciana china estaba de pie sobre mí con los brazos extendidos, en una mano sostenía una daga hecha con una piedra de jade cuya empuñadura era una raíz. De pronto abrió los ojos y le dijo algo a los hombres que se apresuraron a arrodillarse, uno de ellos en mis pies, sosteniéndome las piernas y el otro sujetando mis hombros para que no me moviera.

La anciana cerró los ojos, continuó lanzando hechizos en chino sobre mí, yo estaba aterrado, pensaba que me iban a matar. Luego la anciana fue hacia una jaula, sacó de ella un cuervo, lo sujetó mientras citaba más conjuros, luego de un tajo con la daga le cortó la cabeza y dejó caer la sangre del ave sobre todo mi cuerpo. Yo estaba muy asustado pensaba que mi cabeza sería la siguiente.

Pero de repente, un viento muy fuerte abrió las ventanas dejando entrar el agua de la lluvia, unos relámpagos diluyeron la oscuridad de la trastienda e inundaron la noche con su estruendo. La mujer seguía invocando conjuros, de repente me señaló y gritó algo ininteligible.

Mis piernas comenzaron a temblar, luego todo mi cuerpo, un dolor punzante en mi abdomen hizo que me doblara, empujando a los dos chinos que inútilmente trataron de sujetarme, luego el dolor comenzó a extenderse hasta mi espalda, como si algo me hubiera atravesado. Todo mi cuerpo ardía con un dolor indescriptible, sentí como las cuerdas se aflojaban y me pude soltar de ellas. Inútilmente, pues el dolor me mantenía postrado retorciéndome en el suelo. En medio de aquella agonía, pude notar como mi ropa se hacía pesada y holgada, como si mi camisa y mis pantalones hubieran crecido y ahora me quedaran diez tallas más grande.

Un grito agudo salió de mi garganta, yo mismo no reconocí mi voz, fue como el chillido de una niña, de pronto mi ropa comenzó a encoger, pude sentir en mi piel como la ropa se transformaba alrededor mío. La bruja seguía diciendo cosas ininteligibles en chino. De mis pies colgaban mis enormes zapatos de suela de goma, que parecían haber crecido el doble, de repente comenzaron a transformarse y a cambiar del color negro al rosa y a ajustarse a mis pies. El dolor había disminuido, levante mis brazos, pero estaban escondidos bajo las sobradas mangas un enorme saco de lana y una camisa blanca que ante mis ojos comenzaron a desintegrarse, mis brazos quedaron al descubierto que no eran los gruesos brazos de un obeso, sino apenas unos popotes escuálidos “¡¿Qué demonios me está pasando?!” los jirones que quedaban de mi camisa y mi saco comenzaron a transformarse en una tela suave y tersa y a ajustarse a lo que ya no era mi obeso torso, sino una cintura diminuta y unos hombros estrechos y débiles. De igual forma mi pantalón comenzó a deshilacharse y los hilos a disolverse en el aire dejando al descubierto unas piernillas pálidas y delgadas “¡¿Qué me hiciste vieja bruja?! ¿Qué me pasó?” grité aterrado antes de comenzar a perder de nuevo el conocimiento.

Desperté en la trastienda del restaurante, estaba recostado sobre un diván, los tres chinos me miraban asombrados y hablaban entre ellos:

— 它已经觉醒…

— 你是否认为这会很生气?

— 这就是为什么我们绑

Al principio me parecieron balbuceos, pero luego entendí lo que estaban diciendo.

—¿Cuánto durará el hechizo de transformación? —Dijo un chino.

—No creo poder mantenerlo por más de unas horas, es un hechizo muy poderoso, debilita mucho mi “chi”, una wuju(2) tan vieja como yo no debería hacerlo, con cada minuto que mantengo a este gordo transformado en Michelle Lee corro peligro de agotar mis fuerza vital y morir— contestó la anciana.

—Entonces tendremos que hacer la transacción rápidamente. Abuela, ¿Y cómo crees que reaccionará este gordo cuando vea en lo que lo has transformado?

—En seguida lo sabremos.

Mi cabeza aún se sentía neblinosa. “¿Dónde estoy? ¿Qué me pasó?” pregunté, pero mi voz sonó muy diferente, aguda e infantil, carraspeé y volví a preguntar “¿Dónde estoy? ¿Qué me pasó?”  pero de nuevo salió de mi garganta el tono agudo y femenino.

—El Gwai lo(3) habló en chino —dijo uno de los hombrecillos.

No me había dado cuenta, pero si, había hablado y entendía lo que decían ellos en ese idioma. Me incorporé rápidamente, lo cual era extraño, puesto que cuando me encuentro recostado e intento levantarme, normalmente me cuesta trabajo por mi sobrepeso de oficinista sedentario.
Cuando estuve sentado en el diván miré hacia abajo y vi las piernecillas de color cremoso saliendo de debajo de una falda muy corta, las toqué espantado y si, ¡eran mis piernas!… ¡y mis brazos! También eran unos bracillos blancos “¡¿Qué demonios?!” grité, en una esquina de la trastienda había un espejo, traté de ponerme de pié, pero mis pies se hallaban enfundados en unos zapatos de tacón de aguja y más que caminar, trastabillé hasta llegar frente al espejo y la imagen que me devolvió fue la de la jovencita con la que había chocado antes en aquella esquina. Mis potentes brazos eran apenas una pajillas Michelle Leeblancas y finas, mis piernas antes gordas y peludas eran unos chorritos de piel cremosa, torneados, completamente lampiños y escurridos. En lugar de mi voluminoso abdomen tenía una cinturilla de jovencita menuda, mi rostro de bulldog peludo, se había convertido en una angelical mezcla de mejillas sonrosadas, grandes y razgados ojos negros y unos pequeños pero respingados labios rojos como botón de rosa. En lugar de la calva incipiente, mi cabeza era cubierta por una larga cabellera negra lisa y brillante que caía por mis hombros hasta mi espalda.

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Una carta de San Valentín III / III

Tres días que no supe nada de ti, no es que esperara otra cosa, estaba acostumbrada a no tenerte. Pero al menos, después de lo que paso en el bosque, tenía la esperanza de recibir un poco más de atención. Pero en la prepa, me ignorabas igual que siempre.

Aunque tu actitud cambió con los demás, de pronto te volviste Mr. Popularidad, hablabas con todos, saludabas de beso a todas, siempre fuiste muy guapo, por lo que tu pérdida de timidez no solo fue bienvenida, sino que era esperada por muchas lagartonas.

Se acercaba el fin del curso y nosotros como estudiantes de último año, éramos los principales interesados en ir a la graduación. Yo soñaba con que tú me invitaras, ¿puedes creerlo? que tonta era, pensaba «Eddy no sale con nadie más, tiene que invitarme a mí, después de lo que pasó detrás del cobertizo ¿A quién más invitaría?».

En la noche del tercer día, justamente pensaba en ti (como si no lo hubiera hecho en cada momento del día), cuando un golpecito en el vidrio de mi ventana me bajó de mi nube de ensueños, luego otro golpe, me puse de pie y me asomé. Afuera estabas tú, haciéndome señas, me señalabas el patio de mi casa. “Cobertizo” leí en tus labios; abrí la ventana: “¿Te veo tras del cobertizo?” pregunté en voz baja. “Si, te tengo una sorpresa” dijiste también susurrando y corriste en esa dirección.

“¡El baile de graduación!” dije casi gritando, y bajé corriendo, pensando que me invitarías a ir contigo a la graduación (¡que estúpida!). Y salí corriendo.

“No vienes de niña” dijiste decepcionado cuando me viste llegar, luego me tomaste de la mano “Ven” y me jalaste, corrimos por el sendero.

—¿Vamos a la cascada Eddy? —pregunté mientras te seguía corriendo.

—Exacto.

—¿Ahí me pedirás…? Quise decir: ¿ahí me darás la sorpresa?

—Jejeje, sí.

Llegamos a la cascada y como siempre fuimos a nuestro lugar favorito, a un lado de la cascada, a un hueco entre dos rocas, donde sacamos langostinos una vez, ¿recuerdas?, nos gustaba porque nos protegía del sol apenas a media tarde, y estaba fuera de la vista de cualquier curioso que pasara por el sendero.

“Arrodíllate chiquita” ordenaste, “cierra los ojos y abre la boca”, volviste a ordenar, “no los vayas a abrir chiquita” advertiste, luego escuché un zipper abrirse.

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Una carta de San Valentín II / III

Aproveché la ausencia de mi familia y me tiré un clavado en el closet de mi hermana, “este vestido, estos zapatos; no, mejor esta falda y esta blusa con estos zapatos, no mejor con esta falda, ya verás Eddy, seré una niña, te lo prometo” recuerdo que pensaba emocionada.
Al final escogí una minifalda y una blusa, arreglé mi cabello lo más femenino que pude, y me concentré en el maquillaje, que era lo que más tiempo me tomaría; y sí, me llevó casi el resto de la hora el lograr un buen tono. Me puse un par de aretes, la medalla con un brillante falso, que me encantaba como se le veía a mi hermana, y Faltando apenas unos minutos para que se cumpliera la hora, me atomicé encima unas nubes del perfume francés de mamá, y me paré frente al espejo.
El resultado fue bastante satisfactorio, no tenía el cuerpo de mi hermana, pero estaba segura que te gustaría: la blusa era blanca con costuras en color rosa, bastante bonito, una falda tableada muy cortita y unas sandalias que combinaban perfecto.
Me asomé a todos lados antes de salir da casa y corrí cruzando el patio, di la vuelta al cobertizo y te busqué detrás, en el árbol caído, ya mucho más podrido que cuando éramos niños y nos sentábamos ahí a dar cuenta del botín en galletas robadas de las alacenas de nuestras madres.
Aun no llegabas. Decidí sentarme a esperarte, luego pensé, “¿y si me ve y se asusta y se va?, o ¿si me ve y no me reconoce y se va?” así que mejor me escondí y te esperé desde detrás del cobertizo; de esa forma saldría por sorpresa y podría intentar detenerte en caso que decidieras marcharte.
Desde dentro del cobertizo escuché tus pasos aplastando la hojarasca, pausados y cautelosos, luego apareciste en mi campo de visión, observando en todas direcciones y al final te sentaste en el tronco.
Cuando salí del cobertizo volteaste y al verme frunciste el ceño tratando de ajustar tus ojos a la oscuridad.

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Una carta de San Valentín I / III

De todas las cartas que te he escrito, en está si me atreveré a hablar de lo que pasó.

Aquél día salimos de la secundaria y yo te busqué entre todos los alumnos que intentábamos subir a los autobuses. «Ahí estás» pensé. Tal vez era solo mi imaginación, deseosa de que en realidad eso pasara, pero siempre me pareció que te esforzabas en formarte detrás de mí, no justo detrás, sino unos lugares, lo suficiente para asegurarte de alcanzar lugar en el mismo autobús, pero no tan cerca como para que los demás se fueran a dar cuenta que procurabas acercarte al marica de la escuela.

Siempre cuidándome, guardándome las espaldas, protegiéndome; al menos eso me gustaba pensar, aunque no me hubieras dirigido la palabra desde que éramos niños.

Luego recuerdo que el autobús llegó, y John y su pelotón de bullies se adelantó empujando a todos en la fila incluyéndome. Todos sufrimos cuando su papá lo castigó y le quitó el coche, y ahora, además de en las horas de descanso, también nos aterrorizaba en el viaje de ida y de regreso en el autobús.

“Dios, que no me vea, que no me vea” pensaba cuando subí y vi al sádico buscapleitos sentado al fondo del camión. Los asientos al frente ya estaban tomados, así que tuve que sentarme apenas un par de asientos de distancia de los bullies; aun sabiendo que yo era uno de los blancos favoritos de su acoso.

Y el infierno empezó:

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El castigo de tiresias II (solo).

            Muchos días estuvo Tiresias encerrado en su casa, aterrorizado, sin asomarse siquiera a la calle. Algunos de sus amigos se habían presentado hasta su puerta, pero Tiresias los alejaba con excusas a los más prudentes, y con majaderías a los más obstinados, siempre tratando de fingir una voz ronca masculina, y no la melodiosa voz de muchacha, luego comenzó a ignorar los llamados esperando que sus visitantes pensaran que estaba ausente y se fueran.

Después de un par de semanas, los víveres de Tiresias comenzaron a escasear. El vino se había terminado los primeros días, cuando lo había bebido en exceso para caer inconsciente, y ver si al despertar, regresaba su cuerpo masculino. Pero no fue así. Por la mañana, al palpar de nuevo su cuerpo, y mirar su rostro en los artículos metálicos y el reflejo del agua, se daba cuenta que seguía siendo una mujer. Y lo único que logró fueron unas resacas terribles, y una aversión al vino que le duró muchos días.

Hacía un par de semanas que nadie llamaba a su puerta: “Deberán de pensar que me fui de viaje” creyó Tiresias. Sin embargo, aunque se sentía aliviado del acoso; ahora los víveres se habían terminado y deseaba que alguien viniera y le trajera algo de comer. Pero nadie tocó su puerta y el hambre comenzó a doblar su resistencia.

Cuando el agua que almacenaba se terminó… la situación fue insoportable y no le quedó otro remedio, que arriesgarse a salir en público.

Apenas cruzó la puerta, sintió ser el centro de la atención de sus vecinos, las mujeres murmuraban y los hombres lo admiraban con deseo. Se sintió muy incómodo, caminó lentamente, o al menos así le pareció a él: que avanzaba como pesado, como si las miradas que lo examinaban lo amarraran y no se pudiera liberar de ellas.

Así llegó a un par de calles de distancia donde había un mercado, avanzó despacio entre los puestos sintiendo las miradas pesadas sobre su cuerpo femenino. Un aroma delicioso lo atrajo hasta un puesto, era el panadero, se encontraba horneando un nuevo pedido.

Tiresias se quedó mirando la mesa donde el hornero apilaba las hogazas recién salidas. El dueño notó a la hermosa joven vestida en harapos que devoraba con la vista sus panes humeantes.

El panadero tuvo una idea:

—Eh muchacha, ¿quieres un pan?

Tiresias no contestó, pensó que le hablaban a alguien más, el panadero insistió: “Eh tu Muchacha… ¿Qué no hablas mi lengua?”. Tiresias reaccionó.

—eh…

Trató de hablar, pero su voz de mujer sonaba tan rara… prefirió únicamente asentir con la cabeza.

—Mira pasa por aquí, acá tengo unos panes con aceite y vino.

Tiresias entró a la panadería y el hombre sudoroso la llevó a la trastienda. “Mira muchacha, pasa por aquí, siéntate, siéntate”. Y Tiresias obedeció, el hombre le puso sobre una mesa una hogaza partida a la mitad, untada con aceite de oliva y hiervas, en un vaso le sirvió vino y en otro agua… Tiresias tomó el vaso con agua y lo bebió desesperadamente.

Luego tomó un trozo de pan y comenzó a comerlo con avidez. “Ah… estabas hambrienta muchacha”, dijo el panadero mientras se sentaba a un lado de ella. Tiresias estaba absorto en satisfacer su hambre primitiva, que no reparó en la cercanía del panadero, buscando él mismo apagar un hambre mas voluptuosa.

De pronto sintió una mano cálida sobre su Seguir leyendo

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