El castigo de tiresias II (solo).

            Muchos días estuvo Tiresias encerrado en su casa, aterrorizado, sin asomarse siquiera a la calle. Algunos de sus amigos se habían presentado hasta su puerta, pero Tiresias los alejaba con excusas a los más prudentes, y con majaderías a los más obstinados, siempre tratando de fingir una voz ronca masculina, y no la melodiosa voz de muchacha, luego comenzó a ignorar los llamados esperando que sus visitantes pensaran que estaba ausente y se fueran.

Después de un par de semanas, los víveres de Tiresias comenzaron a escasear. El vino se había terminado los primeros días, cuando lo había bebido en exceso para caer inconsciente, y ver si al despertar, regresaba su cuerpo masculino. Pero no fue así. Por la mañana, al palpar de nuevo su cuerpo, y mirar su rostro en los artículos metálicos y el reflejo del agua, se daba cuenta que seguía siendo una mujer. Y lo único que logró fueron unas resacas terribles, y una aversión al vino que le duró muchos días.

Hacía un par de semanas que nadie llamaba a su puerta: “Deberán de pensar que me fui de viaje” creyó Tiresias. Sin embargo, aunque se sentía aliviado del acoso; ahora los víveres se habían terminado y deseaba que alguien viniera y le trajera algo de comer. Pero nadie tocó su puerta y el hambre comenzó a doblar su resistencia.

Cuando el agua que almacenaba se terminó… la situación fue insoportable y no le quedó otro remedio, que arriesgarse a salir en público.

Apenas cruzó la puerta, sintió ser el centro de la atención de sus vecinos, las mujeres murmuraban y los hombres lo admiraban con deseo. Se sintió muy incómodo, caminó lentamente, o al menos así le pareció a él: que avanzaba como pesado, como si las miradas que lo examinaban lo amarraran y no se pudiera liberar de ellas.

Así llegó a un par de calles de distancia donde había un mercado, avanzó despacio entre los puestos sintiendo las miradas pesadas sobre su cuerpo femenino. Un aroma delicioso lo atrajo hasta un puesto, era el panadero, se encontraba horneando un nuevo pedido.

Tiresias se quedó mirando la mesa donde el hornero apilaba las hogazas recién salidas. El dueño notó a la hermosa joven vestida en harapos que devoraba con la vista sus panes humeantes.

El panadero tuvo una idea:

—Eh muchacha, ¿quieres un pan?

Tiresias no contestó, pensó que le hablaban a alguien más, el panadero insistió: “Eh tu Muchacha… ¿Qué no hablas mi lengua?”. Tiresias reaccionó.

—eh…

Trató de hablar, pero su voz de mujer sonaba tan rara… prefirió únicamente asentir con la cabeza.

—Mira pasa por aquí, acá tengo unos panes con aceite y vino.

Tiresias entró a la panadería y el hombre sudoroso la llevó a la trastienda. “Mira muchacha, pasa por aquí, siéntate, siéntate”. Y Tiresias obedeció, el hombre le puso sobre una mesa una hogaza partida a la mitad, untada con aceite de oliva y hiervas, en un vaso le sirvió vino y en otro agua… Tiresias tomó el vaso con agua y lo bebió desesperadamente.

Luego tomó un trozo de pan y comenzó a comerlo con avidez. “Ah… estabas hambrienta muchacha”, dijo el panadero mientras se sentaba a un lado de ella. Tiresias estaba absorto en satisfacer su hambre primitiva, que no reparó en la cercanía del panadero, buscando él mismo apagar un hambre mas voluptuosa.

De pronto sintió una mano cálida sobre su muslo, su cuerpo se estremeció. La mano comenzó a bajar lentamente, hasta llegar al límite de su chitón, luego la mano callosa y caliente del panadero comenzó a tentar entre sus muslos. Tiresias estaba desconcertado, su piel se erizaba, con una intensidad nunca experimentada.

El joven… o más bien: LA joven Tiresias, estaba sorprendida por el ardor con que su piel se encendía al contacto con las manos de ese hombre, luego los dedos calientes del hombre se metieron entre sus piernas hasta tocar la vagina nueva de Tiresias.

El pan rodó por el suelo, junto con el vaso de agua y el vino derramado, ya que Tiresias se estremeció sorpresivamente, sin poder controlar los movimientos de su cuerpo, “Ahhh” gimió el joven… ahora: LA joven.

El panadero siguió frotando la vagina divertido por la reacción de la jovencita. Tiresias siguió sufriendo esos espasmos involuntarios convulsos por unos instantes, hasta que abrió los ojos y se asustó por la sensibilidad de su nueva piel. La joven se puso de pié, recogió el pan del suelo y salió corriendo.

—¡Eh!… ¿A dónde vas? —gritó el panadero— ¡si gustas mas pan, solo ven a buscarme muchacha!

Pero Tiresias siguió corriendo aterrorizado hasta que salió de la aldea, y cruzó el río, y cruzó el camino principal, y se terminaron las granjas y ya no quedaron rastros de gente ni de energías para seguir corriendo.

Tiresias se dejó caer en la hierba, donde apuró el pan, para su sorpresa, se sintió satisfecho antes de terminarlo, luego se recostó y descansó por un rato. Luego con curiosidad comenzó a palparse el mismo los muslos, era increíble, su piel era más sensible que cuando era hombre. Se puso de pie, se sorprendió al respirar el aire del campo, y por la intensidad con que percibía los aromas de las flores, la frescura de los árboles.

Comenzó a caminar, el viento tibio se colaba entre sus ropas y lamía entre sus muslos desnudos. De nuevo Tiresias se sintió complacido por esa nueva sensibilidad que le permitía disfrutar más de las cosas sencillas como la libertad de caminar por el campo, sintiendo todo más, los aromas y las cosas que estimulaban su piel y sus sentidos.

Llegó al arroyo y se sentó sobre en la orilla sobre una piedra, comenzó a lavar sus piernas, el agua se deslizaba por su piel provocando que se erizara al roce, Tiresias comenzó a excitarse. Lavaba su piel desnuda, sintiendo la frescura del agua, contrastando con la calidez de sus manos. Luego tomó algo de agua y se enjuagó el cuello; el líquido empapó su vestido, adhiriéndose a la piel de sus senos.

Curioso, palpó sus propios pechos, disfrutó al sentir sus manos frotándolos, y un escalofrío sacudió su cuerpo al frotarse los pezones erectos.

Su otra mano acariciaba sus mulos extasiado, decidió aventurarse entre ellos lo más arriba posible hasta acariciar sus labios vaginales, de nuevo sintió los espasmos que lo hicieron temblar. No se pudo detener, comenzó a frotar, el exterior de sus labios. Luego deslizó un dedo por en medio, desde el orificio vaginal hasta el clítoris, su cuerpo se acalambró, cayó al suelo, con la otra mano apretó la arena húmeda de la Riviera, y la otra mano… simplemente no pudo despegarla de su flamante nuevo sexo.

Siguió frotando en medio, desesperadamente, gimiendo “mh, mhhh” extasiado, sorprendido “aahh, mmhh, ¡oh!”. Sus dedos se empaparon de ese jugo aceitoso, que engrasó la piel de su sexo e hizo el frote de sus dedos más fácil y por lo tanto más placentero.

Sentía entre sus dedos la viscosidad de los labios interiores, y la resbaladiza suavidad de los pliegues que formaban contra los labios exteriores, la carnosa densidad de su sexo recién adquirido. Y sobre todo, con cada centímetro que exploraba, descubría placeres nuevos, de intensidades que nunca había sentido como hombre.

Bajó su dedo, y comenzó a introducirlo lentamente en su orificio vaginal, en cada centímetro cuadrado de su piel sintiendo la dureza de su falange profanar la esponjosa suavidad del interior de su vagina, comenzó a estremecerse, sus piernas comenzaron a temblar, sacó su dedo de la vagina, y siguió manipulando el exterior de su panochita.

Con curiosidad seguía manipulando su vagina, disfrutando hasta el más mínimo roce de su nueva piel, de una sensibilidad magnificada. Con asombro acariciaba sus senos, y pellizcaba sus pezones entre sus manos, jadeando excitado, retorciéndose en la arena húmeda.

Con la punta de los dedos aprisionó su clítoris, comenzó a temblar, su cuerpo se arqueó al sentir un calambre que contorsionó su cuerpo en un rictus de placer incontrolable, entre sus piernas aprisionó su propia mano, mientras seguía pellizcando el clítoris entre la punta de sus dedos, hasta que un espasmo hizo que no pudiera controlarse más y un orgasmo explotó en sus entrañas.

No pudo controlarse y gritó “¡AHHH, HAAAY! ¡Por Hera!” siguió reptando en el suelo, convulsionando de placer disfrutando cada momento y cada instante, dando gracias por haber sido bendecido con la sensibilidad de la piel de hembra “¡Gracias!, ¡Hay, Gracias oh generosísima diosa Hera!”

El joven se quedó tirado en la Riviera, respirando agitadamente, reponiéndose de su orgasmo, riendo solo, feliz de su nueva faceta, curioso de las nuevas posibilidades que se desplegaban frente a su imaginación.

Cuando se dio cuenta que estaba oscureciendo corrió a su casa. De nuevo sintió hambre, pero sabía que las mujeres ya no lo alimentarían, así que pensó que tal vez podría darse una vuelta por la panadería… recordó al panadero, una sonrisa iluminó su bello rostro, y con la mano se tocó la vagina, de pronto la imagen del hombre fuerte y sudoroso tocándole la entrepierna, ya no le pareció tan repulsiva…

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2 respuestas a El castigo de tiresias II (solo).

  1. Liaman dijo:

    Original y muy cachonda,la siguiente línea será excitante,lo presiento…..
    Saludos Michelle,felicidades por tu nueva idéa escrita,aunque a mi me placen más la de trasvestis,también disfruto estos parrrafos sensuales y originales.

  2. victor sanchez dijo:

    me encanta espero con ansias el siguiente relato

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