Una carta de San Valentín I / III

De todas las cartas que te he escrito, en está si me atreveré a hablar de lo que pasó.

Aquél día salimos de la secundaria y yo te busqué entre todos los alumnos que intentábamos subir a los autobuses. «Ahí estás» pensé. Tal vez era solo mi imaginación, deseosa de que en realidad eso pasara, pero siempre me pareció que te esforzabas en formarte detrás de mí, no justo detrás, sino unos lugares, lo suficiente para asegurarte de alcanzar lugar en el mismo autobús, pero no tan cerca como para que los demás se fueran a dar cuenta que procurabas acercarte al marica de la escuela.

Siempre cuidándome, guardándome las espaldas, protegiéndome; al menos eso me gustaba pensar, aunque no me hubieras dirigido la palabra desde que éramos niños.

Luego recuerdo que el autobús llegó, y John y su pelotón de bullies se adelantó empujando a todos en la fila incluyéndome. Todos sufrimos cuando su papá lo castigó y le quitó el coche, y ahora, además de en las horas de descanso, también nos aterrorizaba en el viaje de ida y de regreso en el autobús.

“Dios, que no me vea, que no me vea” pensaba cuando subí y vi al sádico buscapleitos sentado al fondo del camión. Los asientos al frente ya estaban tomados, así que tuve que sentarme apenas un par de asientos de distancia de los bullies; aun sabiendo que yo era uno de los blancos favoritos de su acoso.

Y el infierno empezó:

—Eh marica, las señoritas se sientan al frente

—¿No escuchas puto de mierda?

Estiré el cuello buscando un sitio más delante, pero los otros alumnos se habían apretujado en los sillones tratando de mantener la distancia con los abusadores. Probablemente se sintieron aliviados cuando vieron que era yo el sacrificado de esa tarde. Igual que yo me sentía aliviada (perdón), aliviado; cuando cogían a otro chico como objetivo de su acoso.

—¿O te sientas en medio porque todavía no decides si eres niño o niña? —continuó, el resto de sus matones celebró el comentario.

El autobús se llenó y arrancó hacia nuestro vecindario, el bulling continuó: “marica, joto, mujercita, debería usar el uniforme de las niñas” y otros comentarios igual de crueles e infantiles.

Dos chicas que iban sentadas juntas más adelante, se compadecieron y se apretaron contra la ventanilla haciéndome un lugar, y luego con una rápida mirada me indicaron que me fuera a sentar con ellas.

Me puse de pie, pero el bully me alcanzó, me cogió fuerte del brazo y de un jalón me hizo volver a mi asiento, yo era muy delgada… perdón: delgado. Así que su jalón me lanzó contra el asiento donde caí violentamente.

Luego te pusiste de pié y te interpusiste entre el matón y yo. Solo lo miraste a los ojos, el trató de amedrentarte, pero tú no te moviste. Luego te empujó, a lo que tú contestaste con un puñetazo que lo hizo rodar por el pasillo hasta los asientos traseros, uno de sus matones te tomó desprevenido y te golpeó con un palo de hockey en el rostro, tu retrocediste cuando trató de golpearte otra vez, se lo arrebataste, estabas a punto de regresarle el golpe cuando una sonora y autoritaria voz retumbó desde el frente del vehículo.

—¡Allá atrás, ya basta!, se que eres tu John, otro alboroto y tendrás que caminar a casa el resto del año— Gritó la señora Kaminsky, la conductora del autobús.

John le dirigió una mirada asesina, que la conductora le regreso por el espejo retrovisor, así que el matón se concentró en ti. Acercó su horrible cara de tejón, a tu hermoso rostro varonil y te dijo algo, lo más seguro es que fue una amenaza. Luego regresó a su asiento; tú me miraste rápidamente y también volviste a tu asiento. En los asientos posteriores los trogloditas viajaron en silencio el resto del camino.

Llegamos a nuestro destino y bajamos juntos, caminamos la misma calle, como siempre, yo adelante y tú unos pasos más atrás. Luego de caminar media cuadra me detuve y giré, tú seguiste avanzando y quedaste a un par de pasos de mí, luego observé tu rostro: en la frente, encima de tu ceja izquierda estaba enrojecido y comenzaba a hincharse, me sorprendí que no estuvieras sangrando.

—¿Estás bien?

Pregunté, pero tú te sorprendiste y cruzaste la calle sin contestar, caminaste por la banqueta opuesta, paralela a la mía, pudiendo haber caminado conmigo, decidiste guardar tu distancia, la enorme distancia del ancho de una calle, que cuando niños había sido el puente que unía nuestras vidas, la ventana de tu habitación frente a la mía, y que desde hacía unos años, se había convertido en la barrera insalvable que nos separaba.

Y así por dos cuadras me diste a entender que era circunstancial que nuestros caminos llevaran la misma dirección y que a veces aunque se cruzaran, nunca iríamos juntos, me condenaste a verte caminar, a veces tras de mí, a veces adelantándome, siempre cerca para notarte, pero no para compartir tu sendero.

Llegamos a nuestras casas, una frente a la otra, nos dimos la espalda, tu abriste la verja de tu jardín y entraste, yo toqué el timbre de mi puerta, antes de entrar miré hacia tu casa y únicamente vi la blanca puerta cerrándose de golpe.

Corrí hacia mi habitación y observé por la ventana, justo cuando tú dejaste caer la persiana y me negaste tu vista.

Viene a mi memoria también aquella vez, cuando éramos más niños ¿te acuerdas?, como jugábamos siempre juntos, tú me protegías como a un hermano menor, y te secretamente te imaginaba como mi futuro esposo; jajaja el coscorrón que me dio mi hermana cuando le dije que me casaría contigo.

Lo que era ser niño y no medir las consecuencias… como pasó cuando no medí las consecuencias de caminar por la orilla del balcón de tu habitación y resbale antes de poder coger la cuerda anudada por la que subía a tu cuarto todos los días. Recuerdo cómo me sujetaste de la chaqueta y me sostuviste hasta que me pude asir a la cuerda. Inclusive cuando tu hombro sonó con aquel doloroso tronido que sacó el hueso de su lugar.

Estuviste cuatro meses usando un cabestrillo de yeso que te cubría el pecho y la espalda. Yo tuve que aprender operaciones matemáticas de un grado mayor, para poder ayudarte a hacer la tarea todos los días.

Te hacías el valiente y aguantabas tu mochila mientras te veían tus padres o los compañeros, luego me la pasabas con un gesto de malestar cuando nadie nos veía, y yo la cargaba hasta casa, disfrutando de ser con quien compartías tu vulnerabilidad.

Aunque sanaste, cuando llegaba el otoño y las ligas menores, tu hombro te daba problemas para atrapar los elevados, recuerdo que en varias ocasiones estuviste a punto de soltar varios outs seguros; y luego discretamente sobabas tu hombro y lo girabas, y hacías una mueca ligeramente distinta a la que hacías cuando el sol te daba en la cara, apenas una leve variación en tus labios que nadie notaba, solo yo, escondida desde la tribuna… perdón, escondido; pues ya no me dirigías la palabra, siempre me pregunté, si mientras te dolías del hombro, ¿te acordabas de mí?

Recuerdo casi al detalle ese terrible día: por la mañana te habían quitado el yeso del hombro, y para celebrar decidimos subir a la cascada después de mediodía.

—Ahora mi piel es de dos colores Tommy— dijiste divertido cuando llegamos a la cima —tengo un hombro color piel y el otro color blanco, mira Tommy.

Luego sin pensarlo te quitaste la camiseta y me lo mostraste. Era verdad, el hombro izquierdo había empalidecido por los meses que estuvieron cubiertos por la ortopedia. “Me quedó la piel bien lisita” me dijiste, y tomaste mi mano y la llevaste hasta tu hombro, yo palpé la piel suavizada por los meses de resguardo. Luego puse mi otra mano en tu otro hombro “si, tienes razón, este lado está más suave” te dije mientras acariciaba tus hombros, y no me detuve, ni tú me detuviste cuando además comencé a acariciar tu pecho, tampoco me detuviste cuando te rodeé con mis brazos detrás de tus hombros, ni cuando nuestras miradas se cruzaron, ni cuando jalé tu cuello y acerqué lentamente mis labios a los tuyos, ni cuando los uní, ni me detuviste cuando prolongué la unión de nuestras bocas, y cerré los ojos y me sentí en las nubes. Tampoco yo te detuve, cuando tus manos rodearon mi cintura y me apretaron contra ti.

Solo me detuvo tu empujón y el golpe que sufrí al caer de espaldas, y tu rostro enardecido, y el miedo que sentí cuando amagaste con patearme, y el latigazo de tus palabras que ardió en el alma:

—¡Maricón! ¡No vuelvas a tocarme ni a acercarte a mi casa! A mí me gustan las niñas.

—No Eddy, espera, yo te amo.

Me miraste con asco y huiste corriendo.

—¡Espera Eddy, voy a ser una niña, te lo juro!— grité, pero ya no me escuchaste.

Cuando llegué a tu casa, la cuerda que tu padre amarró al árbol cuando apenas salíamos de preescolar, y que nos ayudaba a subir y bajar de tu habitación al jardín, ahora yacía en el suelo con el extremo claramente cortado de forma intencional y apresurada. Llamé tu puerta pero tu mamá me dijo que te sentías mal, que ya no saldrías esa tarde.

Durante muchos días salías corriendo de tu casa, sabías que nunca podría alcanzarte, aunque lo intente varias veces. Quería explicarte, que no tenía nada de malo, que te amaba, que cuando creciera iba a ser mujer y entonces podríamos casarnos; que no deberías tener miedo porque siempre iba a estar a tu lado. Pero no me dejaste, no me diste la oportunidad de explicarte, por más que lo intenté.

Después de meses de insistir, no recuerdo como, me fui resignando, dejé de seguirte, dejé de correr tras de ti, no sé si por cansancio, o entendí tu rechazo. Fue cuando mis papás notaron mi depresión y me mandaron al campamento de base-ball, ¿recuerdas?… estuve ausente casi un mes, ¿o no te acuerdas?

Solo dos veces he estado tan preocupada, perdón, preocupado. La primera fue cuando pasé la noche afuera de la sala de urgencias mientras componían tu hombro, y la segunda, la vez del pleito en el autobús.

Un golpe en la cabeza con un palo de hockey no es una pequeñez para dormir tranquilamente, y además de amarte por encima de todo, soportar el estrés de tratar de adivinar tu estado a través de una persiana. ¡Al diablo! Pensé, decidí romper el maldito silencio, no me importó que no quisieras verme, me envalentoné, salí de mi casa, me paré en la orilla de mi banqueta, respiré hondo y di un paso al frente, crucé la calle como hacía muchos años, desde tu rechazo, había dejado de hacerlo. Al irla cruzando me fui convirtiendo en aquel niño enclenque que te seguía a todos lados, y que lo hubiera seguido haciendo si me hubieras dejado. Cuando llegué a tu puerta me sentía tan pequeña que apenas alcanzaba a tocar el timbre, y no lo hice.

Di me di media vuelta y me paré bajo tu ventana, levanté una piedrita y la lancé con ese estilo de mujeringa que mi padre nunca pudo componer enviándome a campamentos deportivos. Por supuesto que fallé, fue hasta la cuarta piedrita atiné al vidrio. Una sombra se proyectó en la persiana, luego dos tiras de la misma se separaron, y por la rendija asomaron tus ojos azules.

—¿Estás bien? —Dije casi susurrando.

Tú me miraste unos instantes y luego las hojas de persiana se cerraron, casi inmediatamente se levantó la persiana completa. Asomaste la cara, encima de tu ceja, se apreciaba una inflamación oscura.

—Estoy bien, solo un poco inflamado ¿y tú? ¿Te lastimaste con el asiento?

—No fue nada —contesté, luego lo pensé unos instantes y te rogué— Eddy encuéntrame atrás del cobertizo de mi casa dentro de una hora… por favor.

—¿Para qué?

—Por favor… solo esta vez y prometo que jamás volveré a molestarte.

Me miraste fijamente unos instantes y luego accediste.

—Te veo ahí en una hora.

Y tu persiana volvió a caer poniéndole punto final a nuestra breve conversación.

Corrí a casa, era mi última oportunidad para demostrarte que podía ser una chica y tenía que prepararme, no había tiempo que perder.

Continuará…

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