Una carta de San Valentín II / III

Aproveché la ausencia de mi familia y me tiré un clavado en el closet de mi hermana, “este vestido, estos zapatos; no, mejor esta falda y esta blusa con estos zapatos, no mejor con esta falda, ya verás Eddy, seré una niña, te lo prometo” recuerdo que pensaba emocionada.
Al final escogí una minifalda y una blusa, arreglé mi cabello lo más femenino que pude, y me concentré en el maquillaje, que era lo que más tiempo me tomaría; y sí, me llevó casi el resto de la hora el lograr un buen tono. Me puse un par de aretes, la medalla con un brillante falso, que me encantaba como se le veía a mi hermana, y Faltando apenas unos minutos para que se cumpliera la hora, me atomicé encima unas nubes del perfume francés de mamá, y me paré frente al espejo.
El resultado fue bastante satisfactorio, no tenía el cuerpo de mi hermana, pero estaba segura que te gustaría: la blusa era blanca con costuras en color rosa, bastante bonito, una falda tableada muy cortita y unas sandalias que combinaban perfecto.
Me asomé a todos lados antes de salir da casa y corrí cruzando el patio, di la vuelta al cobertizo y te busqué detrás, en el árbol caído, ya mucho más podrido que cuando éramos niños y nos sentábamos ahí a dar cuenta del botín en galletas robadas de las alacenas de nuestras madres.
Aun no llegabas. Decidí sentarme a esperarte, luego pensé, “¿y si me ve y se asusta y se va?, o ¿si me ve y no me reconoce y se va?” así que mejor me escondí y te esperé desde detrás del cobertizo; de esa forma saldría por sorpresa y podría intentar detenerte en caso que decidieras marcharte.
Desde dentro del cobertizo escuché tus pasos aplastando la hojarasca, pausados y cautelosos, luego apareciste en mi campo de visión, observando en todas direcciones y al final te sentaste en el tronco.
Cuando salí del cobertizo volteaste y al verme frunciste el ceño tratando de ajustar tus ojos a la oscuridad.

—Soy yo —avisé.
—¿Tommy?
—Sí
Luego cuando me viste esbozaste una sonrisa incrédula, y a la vez resignada.
—Ya ves que soy una niña.
—Sí, ya vi.
Y su mirada subió lentamente desde mis piernas hasta mi rostro.
—Pareces Jen, la de Dawsons’s creek.
—Te refieres a Michelle Williams.
—si, a ella.
Te sentaste de nuevo en el tronco, y yo a un lado tuyo.
—Te extraño mucho.
Te dije, el color enrojecido de tus mejillas y tu sonrisa nerviosa me reconfortó.
—Si bueno, lo nuestro se volvió demasiado intenso.
—Pero podemos ser al menos amigos.
—Si Michelle… quise decir: Tommy.
—No, está bien, Michelle me parece un buen nombre, Tommy ya no me servirá por mucho tiempo.
Y nuestra risa divertida me llevó de nuevo a nuestra niñez compartida. Sin quererlo, esa noche me bautizaste. Luego de tus labios salieron palabras que nunca esperé escuchar.
—Perdóname por haber sido tan estúpido todos estos años.
—¿a qué te refieres? —pregunté sorprendida.
—Por haberme asustado por aquel beso, y por haber echado a perder nuestra amistad.
—Traté de explicarte y de disculparme muchas veces, Eddy.
—Lo sé Tommy, lo siento, me asusté, y por ese tonto miedo perdí a mi mejor amigo por muchos años.
Luego deslizaste tu cuerpo hasta sentarte junto a mí, y pasaste tu brazo por detrás de mis hombros, y tu mano desnuda, tibia, cubrió mi hombro, y la electricidad de sentir tu calor recorrió mi piel y me hizo estremecer.
—Gracias por defenderme en el autobús, pensé que me iban a golpear.
—No pude evitarlo Tommy.
Luego giré, tomé tu rostro entre mis manos y examiné el golpe en tu frente. La parte amoratada iba desde la base del cabello hasta la ceja, y cargada hacia la izquierda. Un bulto inflamado sobre tu ceja indicaba la inclinación del filo del arma al chocar contra tu rostro.
—¿Te duele?
—He sufrido peores, tú lo sabes.
Me estiré hasta tocar la contusión con mis labios, muy suave, casi imperceptible, tu piel estaba fría. Te besé una vez y luego otra y otra, besé tu frente lentamente, tus manos rodearon mi cintura y me jalaron contra tu cuerpo, fui bajando mis labios por tu rostro, tus ojos, tus pómulos, tus mejillas, y tus labios.
De nuevo me aprisionaste entre tus brazos y empujaste tu boca contra la mía, mis brazos instintivamente rodearon tus hombros y nos conectamos, bebí tus labios, respiré tu piel, comí tu aliento, me nutrí de ti.
Sentí tu cuerpo, reclamando la propiedad del mío, exigiendo algo que siempre te había pertenecido. Luego fueron tus labios los que bajaron por mi mejilla, tibios, húmedos, reconociendo tu territorio, y con tus manos comenzaste a explorar mis formas, sentí tus manos tibias palpando la piel desnuda de mis caderas y mis piernas, indagando el límite de mi falda, para luego meterse por debajo de ella y abarcar mis nalgas, “mmmhhh” gemí, al sentirme abarcada entre tus brazos y con tus mojados labios experimentando la piel de mi cuello.
Te separaste de mí, yo me asusté, “no vayas a empujarme, por favor, no me rechaces”, pero en lugar de eso, tomaste mi mano y la colocaste encima de tu pantalón, sentí algo duro, enorme, comenzaba en medio, y terminaba casi en el extremo de tus caderas, estiraba tu pantalón como si lo fuera a desgarrar, lo acaricié a todo lo largo con la mano “Desabróchame”, ordenaste; deshice el cinto y solté el botón, baje el zipper, y asomó tu calzón blanco estirado también, que luego tu empujaste hacia abajo.
Tu verga apareció, enorme, grotesca, sobrecogedora, hermosa. La cogí, estaba bien dura, apenas alcanzaba a darle vuelta con la mano, la tocaba asombrada, pensaba que la mía era mucho más pequeña, y que la tuya era asombrosa, te recargaste en el tronco, y jalaste mi cara hasta ponerla justo enfrente de tu miembro, “¿quieres que la bese?”, pensé, y comencé a lamerla, a pasarle la lengua de la base hasta la punta, que casi te llegaba al ombligo. Luego recordé como se lo hacía mi hermana a su novio, así que lo levanté lo agarré con una mano, abrí la boca y lo dejé que entrara todo lo que pude, y la apreté entre el paladar y lengua, “aahhh” escuché tu gemido profundo, sentí tu cuerpo estremecerse bajo el mío, luego hice como mi hermana, subiendo y bajando la cabeza, apretándola con la mano y chupándola.
“Cuidado con los dientes” me advertiste, y tuve más cuidado, “mueve la lengua”, y lo hacía, “chúpala más”, y seguía tus indicaciones. Yo estaba fascinada, me excitaba mucho eso, me emocionaba mucho tener tu cuerpo bajo el mío, temblando de placer, gimiendo, respondiendo a mis movimientos, gozando con lo que yo era capaz de hacer. Y me gustaba mucho ver que lo disfrutabas.
Me jalaste de las axilas e hiciste que me recostara sobre ti, y me volviste a besar, y tus manos continuaron explorando mi espalda, mi cintura, luego bajaron más. La pequeña falda fue fácil de vencer y me agarraste las nalgas y me las apretujaste, luego tu dedo se metió entre ellas y buscó mi ano, comenzó a tallarlo, de arriba abajo, empujándolo y tratando de meterlo, yo temblaba, ¿recuerdas? Lo divertido que te parecía cuando mi cuerpo temblaba cada que intentabas meter el dedo.
“Es que está muy seco” dijiste, y nos pusimos de pié, me giraste sobre mis pies y te arrodillaste tras de mí. Me levantaste la falda y bajaste mis pantaletas, recuerdo que me encantó que ni siquiera me preguntaras, solo tomaras lo que era tuyo, cuando con las manos separaste mis nalgas, y metiste la cara entre ellas.
Sentí que me desvanecía, cuando tu boca caliente y húmeda, comenzó a chupar mi ano, sentía tu aliento caliente resoplar entre mis nalgas, y la aspereza de tu lengua ávida y traviesa, tallando mi esfínter, tu saliva caliente inundando mi canal trasero, tus manos aferradas a mis caderas, jalando, mientras empujabas tu cara con ansiedad.
Tuve que sostenerme de la rama de otro árbol para no caer desmayada de placer y sensualidad, de sentirte tras de mí, devorándome empujando tu lengua, tratando de metérmela en el ano. “Así está mejor” exclamaste, diste unos cuantos lengüetazos más y te pusiste de pie, yo traté de voltear frente a ti, pero tú me jalaste y me colocaste de panza sobre el árbol caído, montada en él, luego te montaste sobre mí.
Recuerdo muy bien aquella primera penetración: estabas muy ansioso, muy apresurado, sentí la cabeza chata en mi ano empujar, sin miramientos, mi ano opuso algo de resistencia, pero empujaste fuerte y entró en mí “¡haaay!” exclamé, el dolor se esparció por dentro de mis caderas; te moviste un par de veces hasta que “¡aahh!” un gemido profundo salió de tu garganta cuando tu verga quedó completamente alojada en mi recto. Luego comenzaste a moverte, hacia atrás y hacia adelante, penetrando tu gran pene en mi culito virgen.
Me dolía mucho, que sentía que mis nalgas se iban a parar por en medio, que mis piernas se me iban a destornillar de las caderas. Te pedí clemencia “Espera Eddy, espera, me duele mucho”, pero tu seguiste taladrándome, “tienes que aguantar” me decías sin dejar de empujarme tu verga una y otra vez.
Trataba de mover mis nalgas, buscando una posición menos dolorosa, pero estaba aprisionada entre el tronco del árbol podrido y tu tronco más vivo que nunca “Ahh, si putita, que rico culito tienes”, “que rico coges, no quiero sacártela nunca” me decías, y estos halagos me daban fuerzas para aguantar el vergazo que me distendía el recto hasta el límite del aguante humano, “hay ah ah haaaay mmmhh aaahhgg” gemía yo tratando de aguantar la cogida inclemente, pero a la vez, disfrutaba de escucharte soplar sobre mi nuca, como bufabas, como clamabas y como estabas sorprendido de lo bien que se sentía estar dentro de mí “que rico culito mi amor, que rica estás, te siento bien apretadito” y cuando decías esto te movías más lento, sintiendo la carne estirada de mi culo ciñendo tu verga dura y gorda, apretándola, estimulándola a todo lo largo.
Tus caderas caían enérgicamente contra mis nalgas, se escuchaban cachetear una contra la otra, y tu verga hermosa y tiesa desaparecía entre mis nalgas, llegando muy profundo en mis entrañas. Tus brazos rodearon mi cuerpo, y me apretaban, contra ti, jalándome hacia abajo, en contra del movimiento de tus caderas, provocando que tu verga se clavara recio en mi culito ya muy magullado.
Las lágrimas bajaban por mis mejillas, llevándose con ellas el rimel, el dolor era ya muy fuerte, afortunadamente te escuche bufar, tus brazos se tensaron y me apretaron casi dejándome sin aire, “Hay mi amor, Hay preciosa, eres mía, tu culito es mío” gritaste detrás de mí. “Si mi amor, soy solamente tuya, cógeme más, cógeme”, en eso lanzaste un gemido ahogado y prolongado “Ahhhaahhhhggg” y sentí tu uretra inflamándose, y luego vaciándose dentro de mí; engrasando mi recto, reconfortando mis entrañas violentadas por tu arma potente y demoledora.
Te quedaste tirado de pansa sobre mi espalda, empalándome, respirando agitado, recuperándote del esfuerzo, conectado a mí. Luego lentamente tu verga fue resbalando hacia afuera, provocándonos temblores a ambos, yo sentí que algo goteaba de adentro, solo esperaba que no fuera sangre, aunque no me extrañaría. Después… después pasó lo siguiente Eddy, no sé cómo lo recuerdes tú, pero así como lo voy a describir, así es como pasó: Traté de sentarme sobre el árbol caído, pero tambaleé y volví a quedar sentada en esl suelo. Tu reíste divertido mientras me ofrecías tu mano para sostenerme, “¿Estás bien mi amor?” preguntaste tiernamente, “creo que si” contesté, luego me jalaste hacia ti, y me senté en tu regazo, me abrazaste por la cintura y yo me colgué de tus hombros, luego con un par de dedos jalaste mi barbilla hacia ti, y me diste un beso tierno y suave, y después me cargaste en brazos y me llevaste a mi recamara donde me acostaste en la cama, me arropaste y te quedaste conmigo abrazándome hasta que me dormí.
Yo sé que tú lo recuerdas distinto, yo sé que tu recuerdas que cuando eyaculaste dentro de mí, te recostaste sobre mi espalda, con tu verga aun empotrada entre mis nalgas. Luego un sentimiento de culpa te golpeó, arrepentido de lo que hicimos, me sacaste tu pene de forma enérgica, lastimándome más, y luego me empujaste y saliste corriendo, dejándome tirada en la tierra a un lado del tronco caído. Luego de un rato me pude levantar, y camine lento y doloroso hasta mi casa, donde afortunadamente no había nadie que me viera en esas condiciones, revolcada, con la ropa sucia, caminando dificultosamente por la brutal desflorada que me habías dado. Probablemente crees que yo me metí a bañar llorando de nuevo por tu rudeza y tu rechazo, y que tuve que usar pomada para el dolor en al esfínter, por varios días por las penetraciones tan rudas.
Pero no… así no pasó, pasó como yo lo describí primero. ¿Tu crees que si me hubieras hecho un desaire tan horrible te hubiera perdonado a las tres noches, cuando fuiste tú el que lanzó piedritas a la ventana, y me pediste que te viera en el tronco caído en una hora, que me tenías una sorpresa?… estás muy equivocado.

Continuará…

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2 respuestas a Una carta de San Valentín II / III

  1. Jesus suarez dijo:

    Huff que delicia de relato

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