Una carta de San Valentín III / III

Tres días que no supe nada de ti, no es que esperara otra cosa, estaba acostumbrada a no tenerte. Pero al menos, después de lo que paso en el bosque, tenía la esperanza de recibir un poco más de atención. Pero en la prepa, me ignorabas igual que siempre.

Aunque tu actitud cambió con los demás, de pronto te volviste Mr. Popularidad, hablabas con todos, saludabas de beso a todas, siempre fuiste muy guapo, por lo que tu pérdida de timidez no solo fue bienvenida, sino que era esperada por muchas lagartonas.

Se acercaba el fin del curso y nosotros como estudiantes de último año, éramos los principales interesados en ir a la graduación. Yo soñaba con que tú me invitaras, ¿puedes creerlo? que tonta era, pensaba «Eddy no sale con nadie más, tiene que invitarme a mí, después de lo que pasó detrás del cobertizo ¿A quién más invitaría?».

En la noche del tercer día, justamente pensaba en ti (como si no lo hubiera hecho en cada momento del día), cuando un golpecito en el vidrio de mi ventana me bajó de mi nube de ensueños, luego otro golpe, me puse de pie y me asomé. Afuera estabas tú, haciéndome señas, me señalabas el patio de mi casa. “Cobertizo” leí en tus labios; abrí la ventana: “¿Te veo tras del cobertizo?” pregunté en voz baja. “Si, te tengo una sorpresa” dijiste también susurrando y corriste en esa dirección.

“¡El baile de graduación!” dije casi gritando, y bajé corriendo, pensando que me invitarías a ir contigo a la graduación (¡que estúpida!). Y salí corriendo.

“No vienes de niña” dijiste decepcionado cuando me viste llegar, luego me tomaste de la mano “Ven” y me jalaste, corrimos por el sendero.

—¿Vamos a la cascada Eddy? —pregunté mientras te seguía corriendo.

—Exacto.

—¿Ahí me pedirás…? Quise decir: ¿ahí me darás la sorpresa?

—Jejeje, sí.

Llegamos a la cascada y como siempre fuimos a nuestro lugar favorito, a un lado de la cascada, a un hueco entre dos rocas, donde sacamos langostinos una vez, ¿recuerdas?, nos gustaba porque nos protegía del sol apenas a media tarde, y estaba fuera de la vista de cualquier curioso que pasara por el sendero.

“Arrodíllate chiquita” ordenaste, “cierra los ojos y abre la boca”, volviste a ordenar, “no los vayas a abrir chiquita” advertiste, luego escuché un zipper abrirse.

“Quiere que se la mame” pensé “bueno, por ir a la graduación con él hago lo que sea” además no era una sorpresa ya te la había chupado antes.

Sentí la cabeza gorda y caliente en mis labios y abrí la boca, inmediatamente se me ensartó hasta la garganta, comencé a mamar, moviendo mi cabeza de atrás para adelante, succionando y moviendo mi lengua de atrás para adelante bajo tu uretra, y tu glande chocando contra mi campanilla.

La sentí distinta, más gorda gorda “no abras los ojos mi amor” advertiste, luego cogiste fuerte mi cabello y me jalaste hacia ti; al principio pensé que se sentía distinto por ser una posición distinta, así que seguí chupando, dándote gusto. Sentía tu cuerpo temblar, tampoco tus piernas se sentían igual, eran más delgadas, me aferré de tus nalgas, pero en lugar de tus carnosas protuberancias macizas, emergían unas apenas sensibles hinchazones correosas. Y el olor de tu sexo, no era el olor suave y varonil, sino una mezcla de sudor y humo de cigarro.

Abrí los ojos volteé para arriba y en lugar de tu rostro hermoso, estaba la cara de rata de John, el bully que me había aterrorizado por tantos años.

Traté sacarme de la boca su sexo, pero no me dejó, me jaló del cabello y me obligo a mantenerme con su pene engullido “No me vayas a morder maricón” me gritó. A un lado de él, estabas tú, riéndote de la escena, “Chúpamela” me dijo apretando mi rostro contra su sexo, “Cómetela toda pinche joto” pero yo lo empujaba y trataba de zafarme.

—Eddy, dile que me la chupe, a ti te hará caso.

—Vamos Tommy, termina de chupársela.

—«gño» —Dije con la boca llena y tratando de apartarme.
—Anda Tommy, hazlo por mí.

Y fui lo bastante estúpida como para creerme ese cuento, y lo hice por ti, por la posibilidad de ser tu pareja en el baile de graduación. Aunque más bien, dejé al bully que me lo hiciera, comenzó a moverse, yo aflojé mi cuerpo, y él era quien que se movía, metiéndome la verga por la boca, hasta la garganta, “que bien la chupas jotita” me decía el infame, mientras yo me aguantaba el asco, atragantándome, con el glande que chocaba contra mi coronilla y mi cabeza sujeta por el cabello, agitándose de atrás a adelante, “tranquilo, la vas a lastimar” te escuché decir.

Luego el cara de rata gruñó “cómete mi lechita puta” y un chorro de esperma se estrelló contra mi garganta e inundó mi boca “¡trágatelo puta, trágatelo!”, gritaba mientras metía fuerte su verga en mi boca unas últimas veces, luego me soltó y yo aproveche para por fin expeler su verga y escupir el semen. Luego se abrochó su pantalón y mientras se iba comentó:

—Nah… me han dado mejores mamadas.

—Es que la obligaste idiota.

—Era la única forma.

Y se fué saltando por el sendero. Tú estabas sentado en una roca, mientras yo me enjuagaba la boca con el agua del arroyo. Recuerdo que estaba muy enojada.

—Y ustedes dos ¿desde cuándo tan amigos? —pregunte sarcásticamente.

—Es un tipo divertido, si sabes encontrar su lado divertido.

—Es un bruto y un estúpido.

Pasé por un lado tuyo y me propuse irme. Pero tú me cogiste del brazo.

—¿Qué, no te gustó la sorpresa?

—No seas idiota.

Jalé mi brazo liberándolo de tu agarre y salí corriendo, luego tu corriste tras de mí y me alcanzaste a los pocos metros, me abrazaste por la cintura y me levantaste en vilo, “¿A dónde vas? falto yo” amenazaste, y regresaste al hueco que formaban las piedras cargándome como si fuera una bulto.

Los dos caímos en el suelo, tu encima de mí, tratabas de bajarme los shorts, y yo los volvía a subir. Seguimos forcejeando en el suelo, tu tratando de meter la mano entre mis nalgas, y yo empujándote, estaba asustada, nunca te había visto así, no eras tú, era un energúmeno.

Siempre fuiste más fuerte que yo, mucho más, y mucho más pesado. Usando tus técnicas de lucha, terminé tirado boca abajo, completamente sometido, traté de levantarme, pero tu peso y la forma en que me sujetabas el brazo torcido en mi espalda, lo hicieron imposible. Escupí la arena húmeda que se había metido en mi boca.

—Suéltame Eddy —supliqué.

—¿Querías verga?… pues te voy a dar verga, maricón —contestaste enojado.

—No quiero, suéltame —volví a suplicar.

No lo pude evitar, de un jalón me bajaste el short que terminó arremangado en mis rodillas, y mis calzones rotos a tirones.

Luego sentí tu mano meterse entre mis nalgas y tu dedo picando mi esfínter. “¡No!” Grite, “No quiero Eddy”. Luego escupiste en tu mano y me untaste el escupitajo en el ano, tu dedo se metió violentamente en mí, “Haaay” me quejé, luego lo metías y lo sacabas muy recio, no era doloroso, pero lo forzado de la situación, hacía la sensación desagradable. Me retorcía debajo de ti, inútilmente, pues tu peso era demasiado y yo no era muy fuerte, nunca me iba a zafar.

Apreté las nalgas, tratando de dificultar un poco tus movimientos, funcionó, pero luego, utilizando una pierna, separaste las mías. Y mi resistencia fue vencida por completo. Me sacaste el dedo, sentí mi ano bien mojado, luego te recostase completamente sobre mi espalda. Entre mis nalgas sentí la cabeza chata y gorda de tu verga, buscando mi entrada. “Por favor Eddy, ¡suéltame!” supliqué por última vez justo antes de que un empujón violento de tu verga, hiciera que se me metiera un buen trozo.

“AAAHhhhhgg” grité adolorida, luego otro empujón y tu verga se incrustó más profundo. Un grito desde mi alma chocó contra la palma de  tu mano que tapó mi boca. Te seguiste moviendo, bombeando tu verga en mi recto hasta que sentí que tus caderas quedaron completamente acopladas contra las mías, y tu verga totalmente empotrada en mí.

“Ahhh” exclamaste extasiado, mientras mis quejidos y gimoteos se ahogaban en la mordaza de tus dedos. Luego comenzaste a moverte, primero lentamente, luego le imprimiste velocidad y energía, el ardor en mi recto me provocaba espasmos dolorosos y gritos que nunca traspasaban la barrera de tu mano, y a ti no te importaba, solo querías penetrarme más y más fuerte, inclusive parecía que entre más gemía, y más lloraba, tu más te ensañabas conmigo, pujando para meterme la verga más fuerte y más profundo.

Mis lágrimas lavaron el lodo de mi rostro, y mis dientes apretados masticaban la tierra, mis rodillas arañadas por la lucha en el suelo, mi cuerpo aprisionado bajo el tuyo, mi brazo torcido en mi espalda, y el otro inhabilitado bajo el peso de nuestros cuerpos; mi culo terriblemente violentado, seguías tapando mi boca, aun cuando mis fuerzas se habían agotado y me había debilitado tanto como para ya no oponer resistencia.

Tu aliento agitado golpeaba tras de mi oreja, y tus caderas se estrellaban en mis nalgas, enviando al frente tu otrora hermoso pene que tanto había disfrutado, ahora era el hierro hirviente que calcinaba mis entrañas despiadadamente.

No duró mucho, tú estabas muy excitado, luego tu pene se metió un par de veces muy profundo y gruñiste en mi nuca, cuando unos chorros de leche caliente se derramaron dentro de mí, luego un par de empujones más, y fuiste relajando tu fuerza poco a poco, bufando como agotado.

Yo estaba furiosa, aflojaste lentamente el agarre, gané nuevas fuerzas y te empujé.

“No digas que no te gustó” me dijiste riendo, nos quedamos sentados en la tierra. Me mirabas divertido mientras yo me subía los pantalones cortos. En mi ingenuidad, todavía atiné a deducir estúpidamente: “No me ibas a pedir que fuera al baile contigo ¿Verdad?” me miraste de una forma que no pude soportar, entre una mezcla de asombro por mi estupidez e indignación por mi osadía de pensar que me invitarías al baile.

La gota que derramó el vaso fue la sonora carcajada con que te burlaste de mí. No me pude contener, la ira me invadió, no pensé, tomé una piedra y la hice chocar contra tu cabeza, caíste noqueado de espalda en la arena húmeda “¡Maldito, maldito, yo solo quería ser tu pareja en el baile!” grité, mientras golpeaba y golpeaba tu cara con la piedra, hasta que no quedo rastro de tu sonrisa burlona.

Eddy: en alguna de las cartas anteriores, ya te había comentado que aquí tengo mucho tiempo para leer ¿lo recuerdas?. Un día leí un artículo de una neurobióloga que explicaba como un paciente sufrió un golpe en la cabeza, y debido a esto, su personalidad había dado un giro total: de ser un hombre serio, se convirtió en el alma de la fiesta; de ser una persona fría, se transformó en un hombre cariñoso y romántico; de la timidez a la desinhibición, de la monogamia a la promiscuidad, de ser un ente pacífico, sufría ataques de ira que descargaba en los demás con violencia física.

El golpe le provocó una lesión en el lóbulo frontal, que es el principal regulador del comportamiento y el respeto por las normas sociales. Además en este tipo de lesiones también se puede presentar aumento del deseo sexual.

¿Eso fue lo que te pasó Eddy?, ¿el golpe que sufriste en el autobús escolar con el palo de hockey, te provocó una demencia temporal que te convirtió en mi amante y después en mi violador?, ¿te volviste loco y me hiciste cosas que no querías hacer?, ¿Verme vestida de niña y a tu disposición te convirtió en un maníaco sexual?

Nunca lo sabré con seguridad, pero agradezco al cielo al menos haber vivido esa noche de felicidad y plenitud, cuando te entregué mi virginidad y fui tuya en el bosque. Me aferro a ese recuerdo, los abrazo como la viuda que abraza a su hijo tratando de evocar en él a su difunto compañero. Y trato de olvidar la tarde donde dejaste que me violaste y dejaste que John me violara, y como en unos minutos de odio te perdí para siempre… todos te perdimos.

Mañana es 14 de febrero Eddy, mañana es día de San Valentín, mañana cumplo veintiún años y por fin podré salir de aquí, volveré a casa, al lugar donde viví días tan felices contigo cuando fuimos niños y donde conocí el amor por primera vez, y donde sucedió la tragedia que nos separó para siempre, al menos hasta el día que te alcance allá arriba… Discúlpame, soy una romántica, que se podía esperar de una chica, TÚ chica, que nació el 14 de febrero.

Te ama por siempre:

Michelle.

Doblé las hojas que te había escrito y las metí en un sobre. Desanudé el listón que mantenía cerrada la caja de madera y quité la tapa, innecesariamente, pues apenas deshacía el nudo y esta salía botada hacia arriba por los cientos de cartas que se amontonaban adentro de ella, encima puse la última que te había escrito, la última carta que te escribiría jamás.

Luego comencé a reunir mis cosas personales y todo lo que me llevaría el día siguiente que dejaría la celda donde había pasado los últimos años.


FIN

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