Cuarenta años de soledad (Capítulo 1)

Había sido una semana terrible en la oficina, los problemas parecían haberse multiplicado. Para colmo el viernes, quince minutos antes de la hora de salida, mi jefe me pidió un reporte, para así obligarme a trabajar hasta tarde y hacer horas extras; mismas que nunca me pagaban. Cuando salí de la oficina ya era de noche y además lloviznaba, el dist260px-office-1200-baumgartner1rito financiero de la ciudad estaba desierto, de seguro todos los demás oficinistas como yo ya estaban en algún bar con sus amigos, o ligando alguna chica, o en casa con sus familias; mientras que yo no tenía amigos ni familia ni mi aspecto (cuarentón, obeso y calvo) era el de un hombre que se pudiera dar el lujo de andar por los bares conociendo chicas.

Viernes por la noche y lloviendo, las probabilidades de encontrar un taxi en esta ciudad eran lo más cercano al cero absoluto. Resignado levanté el cuello de mi saco y me dispuse a caminar las seis manzanas de distancia hasta la estación del subterráneo.

Iba ensimismado mirando al suelo, hundiendo la cara entre las solapas de mi saco evitando la lluvia, cuando al doblar una esquina choqué de frente con una chica que corría descuidadamente. Yo soy un hombre robusto, por lo que la menuda chica rebotó contra mí pecho y cayó al suelo. Era una muchacha muy joven, unos dieciocho años, asiática, delgada, iba vestida con un vestido cheongsam(1) muy corto. La tomé de un brazo y la levanté, apenas pesaba. De un jalón soltó su brazo de mi agarre y se lanzó corriendo por la banqueta en dirección contraria a la que yo llevaba. La seguí con la mirada un poco desconcertado por el incidente, pues aun con mi aspecto, no creo estar tan horrible como para asustar a alguien tanto que huya despavorida. Seguí mi camino un poco desanimado.

La llovizna se convirtió en una lluvia pertinaz si no me guarecía en alguna parte terminaría hecho una sopa. Pero las calles estaban desiertas, todos los establecimientos cerrados y a oscuras, a lo lejos se apreciaba una luz saliendo de un escaparate, parecía un restaurante, así que me dirigí hacia allá rápidamente.  Era un restaurante chino. Al entrar un hombre pequeño se acercó a mi haciendo aspavientos “No selvicio, Celado, no selvicio” le contesté que solo me quedaría unos minutos mientras amainaba la lluvia, pero siguió haciéndome señas para que saliera.

Detrás de él, estaba otro hombre y una anciana con un atuendo muy típico de China, ambos llamaron al hombre que trataba de echarme. Comenzaron a discutir en chino, la vieja me señalaba y ambos tipos me dirigían miradas furtivas. Luego el hombre se acercó a mí con una actitud totalmente distinta; sonriéndome me invitó a sentarme y me hizo señas como si tuviera en la mano un tazón y con la otra como si tomara sopa con una cuchara, al mismo tiempo que decía “¿ChowMein?, caliente, sablosa’ ¿ChowMein?” acepté gustoso, una sopa caliente me iría de maravilla en esos momentos que estaba con la ropa fría y mojada.

Cuando llevaba más de medio tazón mi vista comenzó a nublarse, mis brazos se hicieron pesados, dejé caer la cuchara, los sonidos se escuchaban huecos y todo se oscureció.

Desperté en el suelo de la trastienda, una cuerda rodeaba mi cuerpo desde las piernas hasta los brazos impidiendo moverme; en el suelo había pintados símbolos chinos alrededor mío, además de velas encendidas y otros artefactos de apariencia extraña, como objetos de magia negra; huesos adornados con plumas, extrañas esculturas de piedra labrada con formas de quimeras e ídolos asiáticos; escapularios y amuletos.

Me alarmé, “Sacrificios humanos” pensé. Comencé a retorcerme tratando de liberarme de las ataduras. Quise gritar, pero una cinta adhesiva me cubría la boca. La anciana china estaba de pie sobre mí con los brazos extendidos, en una mano sostenía una daga hecha con una piedra de jade cuya empuñadura era una raíz. De pronto abrió los ojos y le dijo algo a los hombres que se apresuraron a arrodillarse, uno de ellos en mis pies, sosteniéndome las piernas y el otro sujetando mis hombros para que no me moviera.

La anciana cerró los ojos, continuó lanzando hechizos en chino sobre mí, yo estaba aterrado, pensaba que me iban a matar. Luego la anciana fue hacia una jaula, sacó de ella un cuervo, lo sujetó mientras citaba más conjuros, luego de un tajo con la daga le cortó la cabeza y dejó caer la sangre del ave sobre todo mi cuerpo. Yo estaba muy asustado pensaba que mi cabeza sería la siguiente.

Pero de repente, un viento muy fuerte abrió las ventanas dejando entrar el agua de la lluvia, unos relámpagos diluyeron la oscuridad de la trastienda e inundaron la noche con su estruendo. La mujer seguía invocando conjuros, de repente me señaló y gritó algo ininteligible.

Mis piernas comenzaron a temblar, luego todo mi cuerpo, un dolor punzante en mi abdomen hizo que me doblara, empujando a los dos chinos que inútilmente trataron de sujetarme, luego el dolor comenzó a extenderse hasta mi espalda, como si algo me hubiera atravesado. Todo mi cuerpo ardía con un dolor indescriptible, sentí como las cuerdas se aflojaban y me pude soltar de ellas. Inútilmente, pues el dolor me mantenía postrado retorciéndome en el suelo. En medio de aquella agonía, pude notar como mi ropa se hacía pesada y holgada, como si mi camisa y mis pantalones hubieran crecido y ahora me quedaran diez tallas más grande.

Un grito agudo salió de mi garganta, yo mismo no reconocí mi voz, fue como el chillido de una niña, de pronto mi ropa comenzó a encoger, pude sentir en mi piel como la ropa se transformaba alrededor mío. La bruja seguía diciendo cosas ininteligibles en chino. De mis pies colgaban mis enormes zapatos de suela de goma, que parecían haber crecido el doble, de repente comenzaron a transformarse y a cambiar del color negro al rosa y a ajustarse a mis pies. El dolor había disminuido, levante mis brazos, pero estaban escondidos bajo las sobradas mangas un enorme saco de lana y una camisa blanca que ante mis ojos comenzaron a desintegrarse, mis brazos quedaron al descubierto que no eran los gruesos brazos de un obeso, sino apenas unos popotes escuálidos “¡¿Qué demonios me está pasando?!” los jirones que quedaban de mi camisa y mi saco comenzaron a transformarse en una tela suave y tersa y a ajustarse a lo que ya no era mi obeso torso, sino una cintura diminuta y unos hombros estrechos y débiles. De igual forma mi pantalón comenzó a deshilacharse y los hilos a disolverse en el aire dejando al descubierto unas piernillas pálidas y delgadas “¡¿Qué me hiciste vieja bruja?! ¿Qué me pasó?” grité aterrado antes de comenzar a perder de nuevo el conocimiento.

Desperté en la trastienda del restaurante, estaba recostado sobre un diván, los tres chinos me miraban asombrados y hablaban entre ellos:

— 它已经觉醒…

— 你是否认为这会很生气?

— 这就是为什么我们绑

Al principio me parecieron balbuceos, pero luego entendí lo que estaban diciendo.

—¿Cuánto durará el hechizo de transformación? —Dijo un chino.

—No creo poder mantenerlo por más de unas horas, es un hechizo muy poderoso, debilita mucho mi “chi”, una wuju(2) tan vieja como yo no debería hacerlo, con cada minuto que mantengo a este gordo transformado en Michelle Lee corro peligro de agotar mis fuerza vital y morir— contestó la anciana.

—Entonces tendremos que hacer la transacción rápidamente. Abuela, ¿Y cómo crees que reaccionará este gordo cuando vea en lo que lo has transformado?

—En seguida lo sabremos.

Mi cabeza aún se sentía neblinosa. “¿Dónde estoy? ¿Qué me pasó?” pregunté, pero mi voz sonó muy diferente, aguda e infantil, carraspeé y volví a preguntar “¿Dónde estoy? ¿Qué me pasó?”  pero de nuevo salió de mi garganta el tono agudo y femenino.

—El Gwai lo(3) habló en chino —dijo uno de los hombrecillos.

No me había dado cuenta, pero si, había hablado y entendía lo que decían ellos en ese idioma. Me incorporé rápidamente, lo cual era extraño, puesto que cuando me encuentro recostado e intento levantarme, normalmente me cuesta trabajo por mi sobrepeso de oficinista sedentario.
Cuando estuve sentado en el diván miré hacia abajo y vi las piernecillas de color cremoso saliendo de debajo de una falda muy corta, las toqué espantado y si, ¡eran mis piernas!… ¡y mis brazos! También eran unos bracillos blancos “¡¿Qué demonios?!” grité, en una esquina de la trastienda había un espejo, traté de ponerme de pié, pero mis pies se hallaban enfundados en unos zapatos de tacón de aguja y más que caminar, trastabillé hasta llegar frente al espejo y la imagen que me devolvió fue la de la jovencita con la que había chocado antes en aquella esquina. Mis potentes brazos eran apenas una pajillas Michelle Leeblancas y finas, mis piernas antes gordas y peludas eran unos chorritos de piel cremosa, torneados, completamente lampiños y escurridos. En lugar de mi voluminoso abdomen tenía una cinturilla de jovencita menuda, mi rostro de bulldog peludo, se había convertido en una angelical mezcla de mejillas sonrosadas, grandes y razgados ojos negros y unos pequeños pero respingados labios rojos como botón de rosa. En lugar de la calva incipiente, mi cabeza era cubierta por una larga cabellera negra lisa y brillante que caía por mis hombros hasta mi espalda.

Palpé mi cuerpo y si, confirmé que toda aquella delicadez y femineidad era yo; que el cuerpo voluminoso, fofo, peludo y avejentado que tenía, se había convertido en una escultural jovencita china. Que mi viejo traje de lana y mi camisa barata ahora era un cheongsam rosa, muy ajustado y cortito, y que mis enormes zapatos de suela de goma para no afectar más mis cansados y gordos pies, ahora eran unos zapatos de plataforma y tacón de aguja muy sexis, y en lugar de mis piezotes callosos y peludos, tenía unos piececillos pequeños, marfileños y finos.

—¡¿Qué demonios me hicieron?!

Traté de correr, pero con aquellos zapatos era imposible ir muy rápido, así que antes de salir por la puerta, los dos hombrecillos orientales me alcanzaron y me llevaron cargado al diván. En condiciones normales, me hubiera soltado fácilmente de su agarre y hubiera hecho papilla a aquellos hombrecillos con todo y su kung-fu. Pero no eran condiciones normales, estaba atrapado en un cuerpecillo aún más pequeño y frágil que el de ellos.

Comencé a gritar por ayuda y uno de ellos me tapó la boca. La anciana me espetó furiosa.

—¡Cállate! Estúpido Gwai lo Escucha, un hombre muy poderoso pagará mucho dinero por tener una jovencita china, la mandamos traer desde Pekin, pero la muy estúpida huyó en cuanto supo a qué venía. Tú la suplirás en lo que la encontramos.

—¡Está loca, claro que no, nunca me haré pasar por una chica, y menos me acostaré con un tipo!

—No te estoy pidiendo que tengas sexo, solo queremos que el cliente vea la mercancía y pospondremos la entrega, con eso ganaremos un poco de tiempo en lo que encontramos a la chica original o a otra parecida.

—¡No haré nada!

—Mira Gwai lo harás eso por nosotros o te convertiré en algo peor que una muchacha china, te transformaré en un puerco o en un perro ¡Y PARA SIEMPRE! —La anciana debió de ver en mi rostro el horror de verme convertido en algún bicho, porque agregó en tono más conciliador— y si nos ayudas, después de que te vea el cliente, te devolveré tu cuerpo gordo y pelón.

Pues no tenía muchas opciones, si aquella vieja me había convertido en una muchacha, fácilmente me podría convertir en algo peor, puerco, perro o alguna alimaña asquerosa. Asentí sin mucho ánimo:

—¿Promete que me devolverá a la normalidad?

La mujer se dejó caer en una silla, se le notaba agotada.

—Claro, escucha, este hechizo es demasiado fuerte para mí, aunque quisiera, no podría mantenerte mucho tiempo en esa forma, el desgaste en mi chi me mataría. Si nos ayudas, esto terminará muy pronto para ti. Pero si no, lo pagarás muy caro, te convertiré en una cucaracha y así te quedarás para siempre, aunque me cueste la vida.

No me quedaron muchas opciones por lo que acepté a jugar el papel de la muchacha vendida como esclava sexual; no antes de que me asegurara que el hombre solo me vería y que luego me regresaría a mi estado normal; que ni siquiera me tocaría. La anciana aceptó y nos dispusimos a marchar. Teníamos que hacer la maniobra rápido, pues la anciana cada vez se debilitaba más y los hombrecillos no querían arriesgarla por mucho tiempo.

—No funcionará, es mucho riesgo —dijo uno de los chinos.

—¿Quieres tomar su lugar? —lo reprendió la hechicera.

El tipo negó con la cabeza y con los ojos alarmados. Salimos del restaurante y subimos a su automóvil.

Me llevaron hasta un elegante edificio. Cuando bajamos del auto pude sentir como el fresco aire nocturno acariciaba mis piernas desnudas y se colaba por debajo de mi falda, era una sensación muy agradable. El edificio era una especie de hotel. Dudé mucho antes de entrar, sentía mucha vergüenza que la gente me viera en aquel vestido tan ajustado, era tan corto que con la más mínima inclinación mostraría mi trasero, que tampoco estaba cubierto, pues la única ropa interior que incluía el hechizo, era una tanga que no cubría en lo absoluto. Y encima con aquellos zapatos de tacón tan alto, con los que me era tan difícil caminar, en cualquier momento podría caerme y entonces si iba a mostrar todos los encantos femeninos que tenía aquel cuerpo tan delicado y hermoso. Pero no tenía muchas opciones; entré y crucé el lobby del edificio con la cara agachada de vergüenza y tratando de caminar lo más normal que pude, considerando que nunca había usado zapatos de tacón, traté de trastabillar lo menos posible.

Quería pasar desapercibido, pero cada que levantaba la mirada, había algún tipo contemplándome de arriba abajo, o por los espejos alcanzaba a ver a algunos mirándome el trasero y las piernas desnudas. Ver su rostro de lujuria y sentir su mirada lasciva lamiendo las formas de ese cuerpo juvenil, no me hizo sentir tan mal como yo pensaba, de hecho, el sentirme centro de atención de todas las miradas me gustaba, era algo nuevo para mí, nunca nadie me había mirado así. Estaba seguro de que yo si había observado a las chicas de ese modo muchas veces, y cuan equivocado estaba de pensar que ellas no se daban cuenta.

Cuando subimos al elevador uno de los hombres chinos dijo: “Camina como un soldado” y el otro chino dijo que así no me iba a querer el cliente, que tenía que mover el culo y que al caminar pusiera un pie delante de otro en línea recta para caminar más sensual, entonces el hombrecillo hizo una demostración caminando de puntillas y todos los demás reímos, hasta la anciana. Cuando salimos del elevador lo intenté y me di cuenta que era más fácil caminar de esa forma usando esos zapatos, se siente más natural. “Eso es” dijo la anciana que caminaba tras de mí.

Para entrar al pent-house escanearon a la anciana con detectores de metales, a los chinos los cachearon a fondo, pero yo no llevaba mucha ropa y mi vestido era tan corto y ajustado que no tendría donde esconder armas. Entramos y nos hicieron esperar en el recibidor que ostentaba lujo y derroche en cada detalle, desde las puertas de madera y enchapados dorados, hasta los pisos de mármol pulido. De una puerta salió un hombre de cabello rubio entrecano al rape, alto y fornido, con la cara bronceada y curtida, unos ojos azules oscuro, todo lo que mostraba él era rudeza y hosquedad, se acercó a nosotros.

—Justo a tiempo —dijo el ruso.

Se acercó a mí y me hizo girar frente a él, me agarró los pechos, y metió una mano entre mis piernas palpando mis muslos y luego apretó mis nalgas, yo sentí ganas de golpearlo. Hizo unas expresiones de asentimiento le dijo a uno de sus guardaespaldas: “Китайский хорошо, дайте им то, что они просили págales” me tomó del brazo y trató de llevarme con él; yo me resistí.htb1rdpukfxxxxcoxpxxq6xxfxxxk

—¡No espere estoy aquí solo para que me vea! —grité en chino.

—No te entiendo chinita, pero ven conmigo y te voy a enseñar ruso —Contestó el hombre.

—No, no señor Kutúzov, no lleve muchacha tolavía, mañana paga, mañana tlaemos muchacha —secundó el chino en inglés mocho.

—¿Qué? ¿Para qué? Aquí está la chica y aquí está el dinero —dijo cuándo su guardaespaldas sacó un fajo de billetes de un sobre y se los ofrecía— es lo que acordamos, sin regatear.

—No, no —dijo un chino y trató de acercarse a mí, pero los guardaespaldas le salieron al paso, y uno de ellos sacó un arma.

—No les entiendo, ¿Quieren más dinero? —y el guardaespaldas agregó unos billetes más al fajo y se los ofreció— o toman el dinero y se largan o les metemos un balazo a cada uno, porque nadie me va a impedir que me coja a esta chinita ahora mismo.

CONTINUARÁ…

  • Cheongsam: Vestido ajustado al cuerpo de origen mandarín (Quipao en cantonés)
  • Wuju: hechicera del voodoo chino.
  • Gwai lo: término despectivo para referirse a los no chinos.
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2 respuestas a Cuarenta años de soledad (Capítulo 1)

  1. LIAMAN dijo:

    Michelle,gracias por tus líneas,me hicieron mi día, prosigue por donde vas, existimos personas tan en la realidad de lo que escribes que admiro tu observancia para detallar lo que pensamos y sentimos quienes te leemos y admiramos,sobre todo te respetamos,gracias mil por los momentos que nos hacer soñar,un saludo y un abrazo.

    LIAMAN

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