Cuarenta años de soledad (Capítulo 3, final)

htb1zapfkfxxxxazaxxxq6xxfxxxaEl hombretón me miraba con una sonrisa en la boca: “Vaya… si la chinita virgencita resultó tener el fuego por dentro” Sacó su verga de mi vagina, se acostó boca arriba e hizo que me montara sobre él; abrí las piernas y me dejé caer, permitiendo que su enorme verga se deslizara dentro de mi vagina “Mmmmh que lico” dije. El ruso cogió mis caderas con sus enormes manos y comenzó a moverme de arriba para abajo, levantándome y luego bajándome para clavarme su verga. Mi vagina seguía adolorida, pero estaba feliz siendo la mujercita de aquel semental.

De pronto me di cuenta que todos los movimientos de mi cuerpo volvían a ser míos, no lo había notado pero el hechizo de la vieja ya no controlaba mi cuerpo, era yo, solo yo la que estaba rebotando de gusto encima de mi hombre y dándome sentones sobre la verga de mi macho, dándole placer, comencé a imprimir movimientos circulares con mi cadera, haciendo que él gimiera más, en su rostro pude ver que le gustaba como apretaba su verga con mi vagina y como me movía sobre él “Oh si mi chinita ______ oh sí que rico te mueves, que rico aprietas” yo sentía la enhiesta verga moverse dentro, como masajeaba por dentro mis paredes vaginales y como mi clítoris se tallaba con los pelos erizados de su pubis, de nuevo mi cuerpo comenzó a temblar, sentí que de nuevo perdía el control de mis movimientos “Ahhh” grité “Oh si, mi chinita no te detengas” los musculos de mi hombre también comenzaron a temblar, a trepidar, las venas de su cuello se saltaron, apretó su quijada, yo en ese momento hice un esfuerzo extra y apreté lo más fuerte que pude con mis músculos pélvicos, de nuevo sentí mi pelvis volar, un delicioso calambre. Mi hombre también estalló dentro de mí, llenando mi vagina con su caliente semen, al mismo tiempo que lanzaba un alarido de placer que se debió de escuchar hasta la misma china.

 

Me dejé caer sobre su torso jadeando, mi cuerpecillo menudo sobre su cuerpazo recio y varonil, su enorme verga aún seguía ensartada en mi vagina, de la que escurrían los líquidos de ambos, su tórax se expandía y contraía con su respiración agitada y el mío igual, al mismo tiempo que mis piernas se estremecían con espasmos residuales del espectacular orgasmo que había sentido encima de la verga de aquél ruso.

De pronto, una imagen vino a mi mente, la de un cuarentón, gordo, fofo y calvo, vestido con un traje barato; condenado a el resto de su vida a un insignificante empleo de oficinista, y a una vida de patético solterón. Comencé a llorar.

El ruso se sorprendió y me abrazó, trató de reconfortarme.

—Ya, ya mi chinita ¿fui muy rudo?

—No es eso, es que…

No sabía que decirle, cómo explicarle a aquel hombre que lo más terrible y triste que me había pasado esa noche eran los cuarenta años anteriores de mi vida.

—Ya chinita, no llores, ya no te dejaré ir ¿Ok? Te quedarás conmigo, en esta casa, aquí tendrás de todo lo que quieras, todo lo que necesites.

Comencé a llorar de nuevo.

—No, no puedo, tengo que irme.

—Pero regresarás mañana ¿verdad?

Quise decirle que desafortunadamente yo nunca volvería con él, pero que mañana los chinos le traerían a su maldita y suertuda chinita de vuelta, pero no sería yo, y eso me mataba de envidia.

—Si, mañana tendla’ a su chinita de vuelta.

Lentamente sacó su verga ya flácida de mi vagina y se levantó, yo no tardé mucho en vestirme, solo llevaba la tanga y el vestido que me puse rápidamente. Ambos caminamos hacia la puerta, él me llevaba de la mano, yo caminaba lentamente, por mi falta de pericia con los tacones, pero además, porque la vagina y las caderas me dolían por el tremendo cogidón que me había dado aquél semental ruso.

 

Al salir al recibidor, nos topamos con una escena trágica: varios guardaespaldas estaban rodeando a los dos chinos que se encontraban de rodillas junto a la anciana china acostada en el suelo. Ambos hombrecillos orientales lloraban. Me voltearon a ver y me gritaron enfurecidos.

—¡Maldito gwai lo mira lo que le hiciste a la abuela! —me gritó en chino.

—¿Qué pasó? —inquirió Kutúzov.

—La vieja se murió —contestó uno de los guardaespaldas— ¿Llamamos una ambulancia?

—¡Estás loco! No quiero ambulancias ni policías husmeando cerca de este edificio, llévenlos en auto a un hospital y que no digan dónde estuvieron.

Uno de los hombres chinos me increpó.

—Todo esto es tu culpa maldito gwai lo; mi abuela murió porque tu no quisiste cooperar y su chi no resistió el lanzar dos hechizos a la vez, se agotó y se murió, ¡Por tu culpa! —me gritaban en idioma chino.

—Pero yo… no es mi culpa… y ahora… ¿Qué pasará conmigo? —le pregunté al chino.

—No sé ni me importa… maldito demonio blanco, mataste a mi abuela, era una wuju muy antigua y tú la mataste con tu terquedad de demonio blanco. Aléjate de nosotros, no te queremos cerca de nosotros.

—Pero ¿Volveré a mi forma normal?

—¡NO! ¡Nunca volverás a tu cuerpo, la abuela antes de morir puso una maldición sobre ti para que nunca recuperes tu forma original, y nosotros te dejaremos con este ruso para que te viole todos los días!

Luego de decir esto, su semblante cambió del enojo a la sorpresa y me di cuenta que era porque yo sonreía.

En su rostro se adivinó la ira, “¡Maldito Gwai Lo!” y se lanzó contra mí. Su mano se estrelló contra mi rostro y yo caí de espaldas.

Kutúzov gritó “¡Hijo de perra!” luego cogió una pistola del cinturón de uno de sus guardaespaldas y le disparó al chino a quemarropa.

El otro hombrecillo saltó gritando “¡No Chen Yu no mi helmano’!” y el otro guardaespaldas sacó su arma y le disparó un par de veces.

Todos nos quedamos consternados. El primero en reaccionar fue Kutúzov.

—Llévense los cuerpos y desháganse de ellos.

Los guaruras obedecieron, y mientras cargaban los cadáveres de los tres chinos tratantes de blancas uno preguntó:

—¿Nos llevamos a la chinita al burdel?

—¡No! —gritó Kutúzov enojado— la chinita se va a quedar conmigo, y pobre de ustedes si se atreven a tocarla.

Kutúzov llamó en ruso a una muchacha que llegó y ni siquiera se inmutó al ver a los guardaespaldas rusos saliendo del lobby con los cadáveres en rastra.

“Llévala al cuarto rojo y que se instale ahí” le ordenó el ruso a la muchacha, quien girando los ojos hacia arriba en tono de fastidio, me indicó que la siguiera.

htb1-1nmkfxxxxanxvxxq6xxfxxxh“¿Con qué tú eres el nuevo pasatiempo de mi hermano?” me dijo mientras caminábamos hasta una recámara que estaba a un lado del dormitorio de Kutúzov. Estaba decorado de forma lujosa, todo en color rojo con celosías doradas, dragones dorados en las paredes y una cama con sábanas de seda roja, sin duda aquél jefe de la mafia rusa tenía algún fetiche por lo chino. “Aquí puedes instalarte, en ese armario hay algo de ropa, y puedes llamar por teléfono a la recepción y te traerán lo que desees de comer”

La chica salió de la recámara.

En donde me indicó había un closet con gran cantidad de zapatos y ropa nueva, mucha era de tallas más grandes, pero había bastante para escoger de mi medida. Esa noche, más tarde, Kutúzov me hizo otra visita e hicimos el amor hasta que amaneció. Por primera vez en cuarenta años, me sentía plenamente feliz.

Al siguiente día cuando desperté, corrí al baño y me miré en el espejo alarmada, pero me tranquilicé cuando el reflejo me confirmó que seguía siendo la misma jovencita en la que me había transformado la finada bruja china.

La siguiente mañana también seguía siendo Michelle Lee, y la mañana siguiente también. Y por fin, luego de muchos días, dejé de despertar aterrorizada por la idea de volver a mi cuerpo de cuarentón gordo y calvo.260px-office-1200-baumgartner1

 

Desde aquella noche han pasado ya otros cuarenta años. La vida con Kutúzov no fue el cuento de hadas que me había pintado al principio. Fue conveniente haber pasado mis primeros años como mujer teniendo todas las cosas que quise, y con la protección como la novia favorita de un jefe de la mafia rusa; pero fui ingenua al creer que podría tener una buena vida al lado de un psicópata.

Luego de varios años, Mijaíl (Kutúzov) comenzó a notar algo extraño “Siempre me ha asombrado la forma que tienen las mujeres asiáticas para disimular su edad” dijo mirando una fotografía de unas vacaciones de varios años antes y mirándome como yo seguía siendo la jovencita china que la vieja hechicera china le había vendido.

Siguieron pasando los años y ya no pude disimular más. Mi piel seguía igual de lozana, mi rostro igual de angelical y mi figura menuda y juvenil. Entre los supersticiosos mafiosos rusos comenzó a correr el rumor que yo tenía pacto con el diablo y tenía embrujado a Mijaíl, con las mismas artes oscuras que Rasputín había embrujado a los Romanov.

Junté algo de dinero a escondidas, y escapé de ahí. Mijaíl me buscó por años, mismos que tuve que huir viajando por muchos países. Para entonces ya sabía muchos de los secretos que hay que saber para engatusar y manipular a los hombres, y siempre me ha sido fácil conseguir todo lo que quiera.

Y sigo huyendo, no puedo quedarme mucho tiempo en un mismo lugar sin que la gente note mi físico inalterable. He viajado por todo el mundo buscado ayuda con otros hechiceros chinos, pero nadie sabe qué hacer para romper la maldición de una wuju tan vieja, sabia y poderosa y que además lanzó con el último aliento de su vida terrenal; lo cual resultó ser un hechizo muy poderoso e importante.

Luego de cuarenta años de vagar por el mundo como una hermosa muchacha china, pensé que Mijaíl ya debería haber muerto y que todos aquellos que me conocieron ya no me reconocerían. Así que regresé a Nueva York.

Luego de instalarme en la ciudad y ligarme a un par de magnates neoyorquinos que pagaran por mi pent-house y mis gustos, comencé a aburrirme y decidí investigar que había sido de todas las cosas que había dejado en mi vida pasada.

Busqué el antiguo apartamento en el que pasé los primeros cuarenta años como un solterón obeso. El sexagenario que ahora era el gerente del edificio y portero, resultó ser el mismo jovencito que en aquel tiempo comenzaba a trabajar como conserje del edificio.

Le pregunté por mí mismo, pero no me recordaba. Fue hasta que revisó un polvoriento libro de registros arrumbado en un rincón de su sótano, que vio la anotación “Embargo por abandono” y me aclaró que en esos casos, las cosas del abandonante son embargadas para pagar los gastos que se generan por el juicio y el resto para pagar los costos de rehabilitación del inmueble. Le pregunté por algunos de mis antiguos vecinos, pero ya ninguno vivía ahí, el inquilino más antiguo tenía unos doce años de vivir en el edificio y todos los departamentos habían cambiado de dueño al menos una vez durante ese tiempo. Él tampoco me recordaba, aún cuando le describí la facha de gordo pelón, negó con la cabeza, entrecerró los ojos tratando de recordar, pero no pudo. Ni siquiera aquel hombre que había trabajado toda su vida en aquel edificio, recordaba al insignificante oficinista que un día salió a trabajar por la mañana y nunca regresó.

Luego fui al edificio de mi antiguo empleo, pero la compañía se había fusionado con otras empresas, había cambiado de razones sociales y todo el historial de recursos humanos se había perdido. Traté de localizar a mis antiguos compañeros de trabajo, pero aún con las herramientas informáticas de hoy en día, me fue imposible dar con alguno de ellos. Ya deberían rondar los ochenta años, lo más seguro es que muchos hubieran ya muerto, y el resto definitivamente se habrían mudado de una ciudad tan vibrante como Nueva York; a lugares más tranquilos y adecuados para un viejo, como los suburbios o alguna comunidad de adultos mayores en Florida.

Fui a la policía, y luego de coquetear un rato con el uniformado a cargo del archivo, se zambulló en los registros policiales, pero no encontró ningún registro de nadie que me hubiera reportado como extraviado o que alguna vez me hubieran buscado; ni siquiera aquellos primos lejanos que tenía en Cleveland me habían buscado.

Simplemente: mi insignificante vida anterior se había desvanecido, se había diluido sin que nadie lo notara, así de patética había sido mi vida como un oficinista obeso y solitario.

 

No voy a negar que los primeros años que pasé como Michelle Lee fueron muy divertidos; fue muy placentero tener este físico envidiado por tantas mujeres y deseado por tantos hombres; fue maravilloso disfrutar de todos los placeres que trae consigo ser siempre una sexy jovencita, y de todos los beneficios económicos y materiales que vienen con esta apariencia, de todos los hombres que he tenido para escoger, y que están dispuestos a hacer todo lo que económicamente posible por complacer a una jovencita cándida, inocente y sensual a la vez, y ganarse sus favores. Pero luego de cuarenta años, comienzo a entender, porque la vieja hechicera wuju lo llamó una “maldición”.

Todos los días me despierto esperando encontrarme una cana, una arruga en el largerostro, una mancha en alguna mano, o algún signo del paso del tiempo, pero no; todos los días despierto siendo la jovencita en que fui convertida, con mis labios pequeños y respingados, mi rostro sonrosado y angelical; la sedosa piel pálida que tantas manos han acariciado ya.

Pero aun así, teniendo este escultural físico, en muchos sentidos, vuelvo a estar igual que como estaba cuando era un insignificante oficinista cuarentón existiendo al margen de la sociedad, sobreviviendo sin vivir, sin poder construir una historia porque en un tiempo, cuando la gente note que los años no pasan por mi rostro, tendré que huir de nuevo hacia otra ubicación donde crearé lazos que tendré que dejar al poco tiempo. He pasado otros cuarenta años abstrayéndome voluntariamente de la sociedad, he pasado otros cuarenta años sin dejar mi huella ni hacerme notar… he pasado otros cuarenta años de soledad.

Fin

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