El castigo de Tiresias.

           Tiresias era un joven inquieto, juguetón y popular, no trabajaba pero ea suficientemente astuto para arreglárselas, a él le gustaba explorar, pasear por el campo, recostarse en la hierba y pasar largos ratos divagando sobre los significados de la vida, la belleza y el placer.

En uno de esos paseos por el campo, el joven Tiresias se topó con un espectáculo para él nuevo y sorprendente: Dos serpientes enroscadas moviéndose lentamente.

Curioso, como lo fue siempre, se quedo mirando el evento. Primero pensó que los animales estaban luchando, pero luego de un rato, notó que no se mordían a pesar de que ambos tuvieron la oportunidad en varias ocasiones.

Los movimientos de los animales eran más bien lentos y delicados, como los de dos amantes sin brazos, tratando de compensar la falta de manos con el enrosque de su cuerpo contra el de su pareja, frotando larga y sensualmente su brillosa piel uno contra la otra, temblando, envuelto entre el cuerpo alargado de su amante. Tiresias supo que estaban haciendo el amor.

Inquieto como lo fue siempre, tomo una vara, y con la punta picó el cuerpo de la hembra. Los animales se espantaron, se soltaron y huyeron despavoridos cada uno por su lado. Tiresias trató de seguirlos, pero se escabulleron entre la maleza y las rocas, y ya no pudo encontrarlas.

Al desistir de en su búsqueda Tiresias volvió al camino y emprendió el regreso a casa. Al dar la vuelta en un recodo, encontró una higuera que al pasar junto a ella, esta se estremeció, Luego un viento fuertísimo sopló y la higuera comenzó a sacudirse.

El joven se asustó. Se quedó mirando a la planta con asombro y miedo. De pronto… de entre las ramas agitándose, se escuchó la mismísima voz de la diosa Hera.

—¡Tiresias!, ¡joven entrometido!… ¿Qué no sabes que nunca, pero nunca, debes interrumpir el acto amoroso entre dos seres?.

Tiresias no contestó nada, solamente se quedó ahí mirando las ramas de la higuera zarandearse al viento.

—¿Con qué no contestas nada, eh?, bueno, pues por haber molestado a las serpientes, y por tu osadía, serás duramente castigado…

Luego, como el viento llegó, el viento cesó.

Tiresias, se quedó asustado por un momento, pero luego de volver la mirada hacia todos lados y ver que no había pasado nada grave, sacudió la cabeza y siguió su camino sin preocuparse por la amenaza de la diosa, pero intrigado por el extraño suceso.

Siguió su camino y al entrar en la ciudad se encontró con su amiga Eleni, una mujer que le doblaba la edad, madre de uno de sus ex compañeros del liceo, pero de formas, maneras y contoneos de una jovencita.

—Hola Tiresias, ¿Qué cuentas de nuevo?

—Eleni, me paso algo de lo más extraño hoy.

— ¿Tienes hambre?

—sí, pero espera a escuchar lo que me pasó hoy.

—en mi casa tengo pan, queso y vino.

—Si vamos, pero te cuento: Se me ha aparecido la diosa Hera entre las ramas de una higuera.

Eleni lo miro suspicazmente.

—Eleni… te juro que no he bebido una gota… estaba paseando por el campo y de pronto ahí estaba ella…

—¿y qué te dijo?

—Me habló de un castigo o algo así…

—Pues deberías tomártelo en serio… una diosa no se aparece y lanza advertencias nada más porque si.

—¡Bah! Probablemente entendí mal y se trataba de una bendición…

Caminaron por un par de calles, hasta llegar a la casa de Eleni, ella entró a la casa, y detrás de él: Tiresias.

El joven se dirigió a la cocina, pero ella lo tomó de la mano y lo jaló a su recámara. Tiresias se sorprendió un poco, y se sintió algo contrariado al sentirse manipulado para ser introducido en los aposentos de la joven a base de engaños, sobretodo porque el hambre le socavaba las entrañas.

Pero la verdad era que también Eleni representaba un manjar mucho más apetitoso que cualquier pan, queso, miel o vino en la cocina. Y sobre todo, mucho más escaso para un joven sin oficio ni beneficio. El muchacho se dejó llevar.

Apenas cruzaron el umbral, Eleni se dio media vuelta y se colgó del cuello de Tiresias, lo jaló hacia ella y con sus labios rojos y carnosos, cubrió los del joven de un bocado, Tiresias, que ya no era un núbil en el arte amatorio, la abrazó de la cintura y la atrajo contra él.

Las manos del joven comenzaron a recorrer las formas de la voluptuosa mujer, bajo el áspero lino que cubría su femenino cuerpo, se adivinaba al tacto, un cuerpo afinado en la cintura, y que se ensanchaba conforme su mano descendía por unas caderas redondas, luego en su parte posterior, unas voluminosas nalgas, suaves y esponjosas, que hicieron que la verga de Tiresias se empalmara por completo.

La mujer sintió en su abdomen la dura herramienta del muchacho y gimió solo de expectativa por imaginarla dentro de ella. Ella abrazaba sus hombros anchos, Tiresias podía ser un vago, pero tenía el cuerpo sólido y el cabello tan corto que usaba, le daba el aspecto de un luchador. También las manos de ellas descendieron por la espina dorsal del joven, palpando la dureza de su musculatura y la forma curva y somática de su cuerpo.

Luego acarició sus brazos, como troncos duros y macizos. La mujer también sintió lava subiendo desde el interior de su sexo por el abdomen, burbujeando en su ombligo, y luego haciendo hervir su estómago y su pecho, aprisionado por esos brazos enormes, cuya presión provocó que la erupción saliera por su boca en forma de un ardiente ruego:

—¡Cógeme Tiresias… ya Cógeme!

Tiresias desamarró el himatión de Eleni dejándola solamente en el transparente chitón. Ella desabotonó desesperadamente la fíbula de la clámide  la dejó en el suelo, luego levantó su chitón de Lana de él y lo lanzó igual, el joven quedo desnudo. Ella lo tomó del cuello y lo jaló hacia ella, mientras, se iba recostando en una serie de pieles y telas tiradas en el suelo.

Tiresias no se apresuró a lanzarse sobre la mujer y penetrarla. Sino que se tomó su tiempo, chupando sus pezones erectos, rodeados por toda esa carnosidad cremosa y blanca, que sentía como si se derritieran entre sus dedos, luego siguió bajando sus labios, dejando un camino de lino mojado que se adhería a la piel de ella y contrastaba lo caliente del aliento del joven con la frescura de la humedad dejada en la tela.

Luego levantó el faldón del chitón de Eleni y comenzó a besar ese monte que entonces no tenía nombre y ahora dicen que es de Venus. El cuerpo de la mujer se estremeció, sintió la calidez del aliento del joven, acercándose al punto donde ella anhelaba.

Tiresias bajó por el camino de los finos bellos púbicos, lamiendo y chupando, rizando las Seguir leyendo

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Round One… (gay)

Entré al cibercafé y me dirigí al mostrador, detrás estaba Lalo aporreando el teclado sonriente, “de seguro chatea con algún galán, a ese chico no le hacen falta”, pensé mientras me paraba frente a él.

—Hola Miguel —me saludó.

—hola Lalo, ¿has visto a las locas?

Le pregunté por un par de amigas travestis que frecuentaban el lugar. Me contestó que no las había visto; fingí decepción. Y recalco fingí pues en realidad no me interesaban las locas, me interesaba él.

—¿Cuánto cobras la hora por las casetas privadas? —pregunté.

—veinte la hora, si quieres puedes entrar a la número seis, está desocupada.

—¿estás disponible para el chat en facebook?

Me contestó que sí, haciendo una mueca de extrañeza. Me metí a la cabina seis e ingresé al facebook. Ahí estaba él, conectado, así que abrí una sesión de charla.

Miguelon86 dice: Hola de nuevo.

Lalo91 dice: que onda Miguel?

Miguelon86 dice: ¿cómo has estado?

Lalo 91 dice: bien, oye me intriga ¿porqué te conectas desde mi ciber, si tú tienes internet en casa?

Miguelon86 dice: pues nada que andaba por aquí y quise pasar a saludarte.

Después de unos minutos de pausa, volvió a escribir.

Lalo91 dice: ahhh

Miguelon86 dice: hoy juega la selección, ¿Dónde vas a ver el partido?

Lalo91 dice: no me gusta el futbol

Miguelon86 dice: a mí tampoco.

¡Diántres! Pensaba invitarlo a ver el partido a mi casa.

Lalo91 dice: pero si quieres podemos verlo aquí en la oficina del ciber.

¡Yes! Pensé, pero me contuve de mostrarme entusiasmado.

Miguelon86 dice: a pues podría ser.

Lalo91 dice: digo… ¿si quieres?

Miguelon86 dice: si claro, está bien.

Lalo91 dice: me han contado muchas cosas de ti.

Miguelon86 dice: me imagino, esas locas son muy comunicativas, espero que esas cosas que te contaron sean todas buenas.

Lalo91 dice: si claro, LOL. Oye, y además de las chicas travestis, ¿también te gustan los hombres?

Preguntó a quemarropa.

Miguelon86 dice: pues sí, algunos.

Lalo91 dice: ¿algunos?, ¿Cómo cuales?

Miguelon86 dice: pues ahorita estoy viendo el avatar de uno que me gusta mucho.

De nuevo se hizo una pausa y continuó:

Lalo91 dice: yo también.

Miguelon86 dice: ¿a qué hora cierras el ciber?

Lalo91 dice: solo quedan un par de maquinas ocupadas, en cuanto se vayan, nos metemos a la oficina a… ver el partido 😉 ok?

Miguelon86 dice: de acuerdo, me muero de ganas por… ver el partido 😉

Enseguida escuché como se paraba de su lugar, caminaba hacia la puerta y echaba el cerrojo. Yo abrí una página de pornografía de muchachos, y comencé a enviarle ligas de fotos y videos. Al principio solo me contestaba el clásico “LOL”, pero luego empezamos a comentar las fotos. Mis comentarios iban mas enfocados a mi rol pasivo “que rico beso se están dando”, “que vergota”, “que rico se la meten a ese muchacho”, así me gusta chupar la verga”. Y sus comentarios obedecían más a su rol: activo, “que buenas nalgas”, “así me gustaría que me la chuparan”, “así me gusta cogérmelos”.

Yo estaba ya bien caliente, así que me alegré cuando al poco rato escuche a un par de chiquillos que liquidaron el tiempo que usaron las computadoras y se fueron. Luego la luz del ciber se apagó, y La puerta de mi cabina privada sonó: “Toc, toc”.

Abrí la puerta y Lalo me ofreció su mano, yo la tomé y me jaló para que lo siguiera, entramos en la puerta del fondo, la oficina era más bien un cuarto no muy grande, lo amueblaban un sillón desvencijado, un montón de cajas con repuestos electrónicos, y una mesa repleta de computadoras en reparación.

Sin soltarnos las manos caminamos hasta el sillón, y antes de sentarnos, el no pudo contenerse más, y me jaló hacia él acercando su boca a la mía. Juntamos nuestros Seguir leyendo

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Canon en re mayor III (hetero)

…Pero la noche siguiente tampoco pudieron, y así cinco días pasaron desde la boda y los recién casados no podían consumar el sagrado matrimonio. Julietita no lo deseaba y Ernestito no lo buscaba. Los dos estaban acostumbrados a situaciones más prohibidas, más sucias, la normalidad del matrimonio no los excitaba.

Vagaban todos los días hasta entrada la noche, y ya de vuelta en la suite donde pasaban la luna de miel en una alejado y romántico puerto del Caribe, usaban el cansancio como pretexto para dormir inmediatamente.

Pero al mismo tiempo, era por ambos conocido, que el acto sexual es considerado por la santa iglesia como la consumación del matrimonio, como buenos católicos y temerosos de dios como ambos habían sido adoctrinado desde niños, al sexto día ambos habían acordado que era tiempo de intentrarlo.

Prepararon la escena: él regó pétalos de rosa sobre las sábanas, enfrió el champaña y consiguió fresas, el cuarto iluminado únicamente por luz de velas. Ella por su parte preparó una recopilación de sus melodías favoritas para esa ocasión, y sacó el conjunto de lencería que le regalaron en la despedida de soltera. Al caer la noche, después de una frugal pero elegante y romántica cena, se dispusieron a cumplir con el compromiso de santificar su unión.

Luego de unos minutos encerrada en el tocador, Julietita apareció en el vano de la puerta, vestida únicamente con el conjunto de encaje blanco. Parecía una diosa: La continuidad de las curvas de sus caderas era roto por la franja de encaje blanco de un bikini, que no cubría nada, sino mas bien enmarcaba la triangular forma de su sexo. Sus pechos, sostenidos por un wonderbra, que apenas alcanzaban a cubrir el límite superior de sus pezones, y dejaban al descubierto los bultos suaves que colgaban firmes coronados por la línea de su clavícula.

Ernestito ya estaba semidesnudo, sentado en la orilla de la cama, contemplaba la tierna y frágil figura de la muchacha. La luz del baño tras de ella, deslumbraba al joven y hacía parecer al contorno de la femenina cabellera roja, como si fuera una aureola de lava ardiente que chorreaba y se apagaba al tocar la lechosa piel de sus hombros.

Se acercó lentamente a Ernestito, sus altos zapatos de tacón provocaban que su caminar fuera más bien un sensual contoneo felino. El muchacho estaba estupefacto, había tenido muchas parejas sexuales, pero Julietita, era por amplísimo margen, la más bella. Observaba incrédulo su cuerpo juvenil, el color blanco y rosado de su piel.

Ella por su parte también observaba el cuerpo semidesnudo de Ernesto. Lo comparaba con el de sus anteriores amantes, y también por mucho, era el más hermoso que había visto. Contemplaba sus hombros y sus brazos, musculosos, y los comparaba con los fofos miembros de su tío o del Obispo Norberto o del resto de los sacerdotes de la parroquia. Tampoco tenía los chiches caídos, en su lugar, dos fuertes y cuadrados pectorales le daban el aspecto de un atlas. Tampoco tenía el abdomen abultado, en cambio tenía un delgado torso, marcado con los famosos cuadritos de los músculos abdominales.

Julieta amaba a Ernesto, le gustó desde la primera vez que lo vio, y cuando el obispo Norberto los presentó, se enamoró de su turulata inocencia combinada con una inteligencia profunda. Ernestito por su parte, desde el primer momento quedó prendido de su rostro de muñeca, sus ojos verdes juguetones, sus carnosos y pequeños labios, y su cabellera de fuego.

Ahora los dos, semidesnudos en la habitación, a punto de entregarse, se admiraban, sobrecogidos por la hermosura de su conyugue, disfrutando como nunca con la imagen de su pareja, deseando no solamente con su pene o su vagina, sino con todo su ser, el cual estaban ansiosos de entregar completamente, y esto los hacía disfrutar de esa sensación de castidad que ya habían olvidado, se sentían vírgenes del corazón, se comportaban nerviosos, como púberes inseguros de que su desempeño, pues realmente, nunca se habían preocupado por que su desempeño amatorio, satisfaga a su pareja.

Ernesto se puso de pié frente a ella, la tomó de la cintura y Seguir leyendo

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Una hada al despertar. (trans)

Desperté  con una hada en mi cama, sonreí al verla, apenas pasaban de las 12:00am. Aún cuando sabía que a mi mujer le parecería rara mi ausencia, ni siquiera puede imaginármela preocupada. A mí tampoco me preocupó lo que me fuera a reclamar, ¡total! Ahí estaba con la verdadera mujer de mis sueños en la cama, los dos desnudos luego de una sesión de delicioso y vigorizante sexo.

Mis movimientos despertaron al hada que me miró y también sonrió, se estiró como una gata. Sin embargo ninguno de los 2 nos retiramos, ella siguió con su cabeza recargada en mi pecho, y su pierna sobre las mías, yo rodeándola con mi brazo izquierdo.

— ¿qué hora es? – preguntó.

— ¿Qué importa, ¿o tienes que llegar a tu casa a cierta hora?

— no, ya soy niña grande.

Estiró su rostro hacia arriba, y unió los labios con los míos, se trepó encima de mí, pesaba lo que una pluma, su cuerpecillo delgado y moreno sobre el mío, sus pechos, suaves y redondos aplastados contra mi pecho, la rodeé con mis brazos, casi le daba toda la vuelta, acaricié su espalda, de piel suave que cubría como una tela de terciopelo su firme torso, y su aguda cintura, cogí con las manos sus nalgas, redondas y suaves, abarcándolas con mis manos, apretujándolas lo suficiente para transmitir la intensidad de mis sensaciones pero con cuidado de no hacerle daño, recorrí sus piernas, delgadas y suaves, y ella se restregaba sobre mí, acariciándome con todo su cuerpo.

Sin muchas dificultades rodamos en la cama y me posé sobre ella, ella levantó una pierna y la pasó por detrás de mis caderas aprisionándome. Seguir leyendo

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Canon en re mayor II (Gay)

Cuando terminó la ceremonia religiosa de las Bodas de Ernestito y Julietita, la pareja salió caminando de la iglesia al son de la marcha nupcial, cuando la pareja llegó al pórtico de la Iglesia los invitados aprovecharon para felicitarlos; mientras el cuarteto comenzaba a tocar “Canon en re mayor”.

Ernestito se separó de Julietita – tengo que hablar con el Obispo Norberto. Y volvió a entrar en la iglesia, dirigiéndose a la sacristía, donde estaba el Sacerdote. El muchacho entro en la sacristía, y el Obispo Norberto abrió los brazos, el joven se dirigió a el y lo abrazó.

– mi querido Ernestito muchas felicidades… perdón, señor Ernesto Villarivadeneira – se corrigió el pervertido sacerdote – me haces tan feliz al haberte casado con la bella Julietita, tan buena muchacha y de tu misma clase, tendrán hijos católicos que aprenderán a temer a dios desde niños ¿verdad?

– claro padre, temerosos de dios y respetuosos sin cuestión a la santa iglesia.

– siempre supe que esa muchacha te haría muy feliz, por eso los presenté en el momento indicado

– y fue amor a primera vista padre

– esperaron hasta casarse, ¿verdad muchacho?

– si claro padre, la virginidad de Julieta será mi recompensa por ayudar a los hombres santos como usted a cargar con la cruz de su castidad, pero dígame padre ¿tendré que seguir con mi labor para con usted y los demás sacerdotes?

– Al menos para mí, has cumplido tu compromiso y te libero de tu obligación – el joven se alegró – sin embargo, no puedo responder por los demás sacerdotes, que si se les antoja cogerte ¡ejem! – se corrigió el obispo – si el demonio vuelve a doblegar su voluntad, podrán hacerte algún llamado y tendrás que responder para aliviar sus martirios carnales.

El joven agacho la cabeza, desilusionado porque pensaba que nunca más tendría que atender sexualmente a los sacerdotes del obispado. La pastillita azul que había tomado el Obispo antes de la ceremonia todavía le quedaba algo de efecto, y pensó que tal vez podría disfrutar por una última vez del culito firme y varonil de Ernestito; y someterlo justamente el día de su boda le traía al retorcido sacerdote una sensación especial de satisfacción sádica.

– sin embargo Ernestito, pienso que podrías ayudarme por una última vez, a liberarme de esta maldición carnal – dijo el sacerdote levantándose el habito y mostrándole al joven su pene erecto.

– ¿hoy padre… pero… es mi boda?

– una última vez Ernestito, recuerda que el hecho de que te cases no quiere decir que el demonio no siga martirizando este cuerpo humano e imperfecto con el que dios ha puesto a prueba mi espíritu, y no vaya a ser que por sufrir de lujuria me obligue a cometer un acto indebido, ¡líbreme el señor jesucristo y la virgen santísima! Tampoco quiere decir que quedes del todo liberado de la misión redentora que dios le ha encomendado a tu cuerpo al servicio de las debilidades de los hombres dedicados a la santa iglesia atormentados por el demonio mismo de la lujuria.

– bueno, está bien – dijo Ernestito, bajándose los pantalones e inclinándose sobre el escritorio, ofreciéndose al sacerdote. Seguir leyendo

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Canon en re mayor. (Hetero)

La joven Julieta dio la vuelta al escritorio y de un salto infantil, se sentó sobre el montón de papeles extendidos frente a Norberto, un hombre de edad mucho mayor que la miró de arriba abajo, aunque más bien, la admiró, y le pareció gracioso el salto con el que cayó sentada en el escritorio, malcriada nena esta que no le importa que documentos importantes o no, se encuentren sobre la mesa de trabajo. Malcriada e ignorante de la importancia de los asuntos que se tratan sobre ese elegante y fino mueble, pero consiente por demás de que sus encantos son salvoconducto suficiente para sus inocentes y a la vez sensuales majaderías.

Ella levantó una pierna, y pisó uno de los descansabrazos del elegante y antiguo sillón de piel, abriendo las piernas frente a él. Norberto estiró un brazo, puso su mano sobre el empeine del delicado pié de la joven, calzado con unos zapatos blancos pequeños y de gala. Deslizó su mano hacia arriba, por el tobillo disfrutando de las pequeñas y suaves pantorrillas.

Su mano siguió reptando hacia arriba (no se me ocurre palabra mejor que reptar para describir los movimientos del perverso tipo), pasó el límite de su rodilla y siguió acariciando el rollizo muslo, tan suave y acojinado, enfundado en medias de seda blancas, Norberto comenzó a sentir su pene crecer y endurecerse, cuando su mano traspasó el límite de las medias y toco la suave y tibia piel de la joven, ella también se estremeció ligeramente, su piel se erizó cuando sintió la mano de su amante en el interior de sus muslos. Luego Norberto se enderezó en su silla, y retirando los voluminosos pliegues de la crinolina, la falda, y todos los demás fondos, dejó al descubierto los blancos muslos marfileños que confundían al observador poco avezado si se trataba del color de su piel, o del blancor de sus finas medias de seda.

Pero las ligas de sus medias acusaban el término de estas, y el comienzo de la tersa piel desnuda de sus muslos, y en el vértice donde se unían sus piernas, apretado entre ellas brotaban dos labios blancos, Seguir leyendo

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Una Hada, en mi cama. (Trans)

La ansiedad fue disminuyendo hasta una desazón molesta, poco a poco me fui resignando a no poseer más que la fantasía de una hada, traté de convencer mis entrañas que su anhelo nunca sería satisfecho en la realidad, casi logré meterme en la cabeza que había sido una ilusión, un espejismo, una broma pesada de mi libertino subconsciente contra mi consciente santurrón.

Pero la relativa calma se esfumó cuando volví a coincidir con ella en el transporte, y vi que mi estación pasaba otra vez frente al bus, y mis prejuicios no pudieron gobernar mi voluntad, y los instintos prevalecieron sobre la razón, y seguí en el autobús con ella y con nadie. Ella bajó donde mismo, y yo la seguí, la observé, reconocí su espalda, sus finos hombros, su cuello alargado, su rostro, todas esas partes tan mías ya. Luego la dejé que se fuera escapando hasta que su imagen se diluyó entre el gentío.

La había encontrado en el autobús de las 5:15, así que diario me apresuraba a tomarlo, y así coincidí con ella casi sin falta. Siempre viajaba de pié, salvo raras ocasiones que alguien mostraba un mínimo de educación y le cedía el asiento a la “dama”. Se apeaba en el centro comercial, cruzaba por adentro, a veces se detenía a mirar las tiendas, nunca la vi comprar nada, salía del comercio por la puerta trasera y se perdía en el laberinto de viviendas.

El final del centro comercial era mi límite, nunca me aventuré a más, hubiera sido demasiado obvio. Luego de observarla alejarse contoneándose, daba la vuelta, me iba a casa y me masturbaba. La ansiedad no había desaparecido, probablemente me acostumbré y por eso ya era menos lacerante.

Los sábados trabajamos únicamente hasta mediodía, una tarde decidí aceptar la invitación de mis compañeros a la cantina y por algunas horas pude perder mi obsesión ahí entre las bromas, el olor a ceniza y cerveza rancia. Alguien mencionó – son las 5:00pm apenas estaríamos saliendo de la planta.

Caí de pronto de mi estupor etílico, sin pensarlo me puse de pié, saque un par de billetes del sobre de mi sueldo recién recibido, los arrojé en la mesa y salí corriendo rumbo a la estación de autobuses donde apenas alcancé a subir al transporte de las 5:15 cuando el timbre cerraba las puertas tras de mí. Ni siquiera estaba seguro de encontrarla, probablemente trabajaría los sábados hasta mediodía como yo, ó ni siquiera laboraría hoy como tantos otros, la posibilidad era escasa.

Esta vez el autobús viajaba menos atestado, y pude ocupar un asiento. Iba deseando verla, esperaba que subiera, sentía ansiedad, sentía que no podría soportar no verla hasta el lunes. Fue como si mi deseo por verla la hubieran materializado en su estación con el brazo levantado solicitando la parada del autobús. Me alegré, instintivamente me cambié de asiento, dejando disponible el que estaba junto a mí contra el pasillo, ella subió, y después de una ligera vacilación Seguir leyendo

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